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9. Tratando de darle alcance al Sol o En busca del tiempo (cubano) perdido

Continuación: Novena Parte

Imagen: obra de Pedro Pablo Oliva

V.
SUMIDEROS

15. Las fuentes del tiempo perdido

Y entonces, ¿cuánto tiempo vive un cubano? Insisto en que me refiero a vivir productivamente, en movimiento. La respuesta a esta pregunta puede variar enormemente de un individuo a otro, porque lo que para unos es un derroche insensato de tiempo, para otros en cambio forma parte del sentido de la vida. Sugiero entonces que cada cual la responda para sí, tomando como objeto de investigación una parte de nuestro propio tiempo vital con peso estadístico significativo. Podríamos calcularlo en retrospectiva: la última semana, el último mes, el último año, la última década. También podríamos hacerlo en prospectiva usando las mismas cuotas de tiempo.

Se ha de calcular la cantidad de horas que caben en ese lapso. A esa cantidad, se le sustraen todas las horas de sueño -un estimado de ocho diarias, la tercera parte de la jornada, si se ha llevado o se desea llevar una vida sana. Por cada día quedarían aproximadamente dieciséis horas de vigilia. Se restan ocho horas adicionales, las mínimas correspondientes a la jornada laboral (descontando el fin de semana), a menos, claro está, que el trabajo sea una fuente tal de goce y realización personal para uno, que esa otra tercera parte del día cuente como horas de asueto. Calcúlese entonces todo el tiempo que se ha escurrido, o el que con toda probabilidad se escurrirá, de ese remanente de vida que aún nos queda, cada jornada, en la calle, en la casa, en el trabajo, aguardando por algo que nos impide continuar, solventar nuestras necesidades más básicas o satisfacer nuestros deseos más modestos, lograr las pequeñas o grandes metas personales a corto, mediano o largo plazo. Desde lo más sublime a lo más ridículo, no ha de dejarse nada fuera. Lo que quede, ese será el tiempo que habremos realmente vivido.

Como cubano, puedo imaginar en cuántas cosas pueden coincidir muchos de los compatriotas de mi generación a la hora de sustraer eventos a la cuenta del tiempo vivido. Semanas y hasta meses desperdiciados en cualquier proceso lento y redundante de aprobación o acreditación para casi cualquier cosa, que te obliga a dar tumbos buscando firmas, vistos buenos o “autorizos” de una oficina a otra, de una ciudad a otra, de una provincia a otra, esa odisea del absurdo que tan bien resumida quedó en un filme de Tomás Gutiérrez Alea, “La muerte de un burócrata”, aunque en realidad este hablaba de la muerte convertida en trámite, el acto reflejo de un sistema aquejado por una manía de control, una mentalidad burocrática voraz que mastica tus días y sorbe tu vida dejándola marchita como goma de mascar. Y horas despilfarradas por centenares, en colas de esto o aquello, en una parada de ómnibus, en una estación de trenes, en un banco, en una sala de espera, en una lista de espera; horas de faena improductiva, de trabajos “voluntarios”, de reuniones superfluas, de para cerrar le damos la palabra al compañero tal, de actas e informes que nadie va a considerar seriamente; más horas descaminadas en marchas, actos políticos y recogidas de firmas para reafirmar o promover cosas que no te interesan y en las que no crees, pero que son de obligada asistencia; más horas aún de matutinos insulsos, de confección de murales, de asambleas de crítica y autocrítica, de charlas de concientización, de “trabajo político-ideológico”, de congresos representativos que no te representan; semestres enteros en la enseñanza a todos los niveles en los que se han embutido “asignaturas”, “programas preparatorios” y actividades extracurriculares inservibles en busca de la ambicionada “integralidad”, esa simbiosis de excelencia académica con idoneidad política donde la segunda lleva las de ganar y, en fin, cientos de horas doctrinales que entumecen la conciencia y roban tiempo valiosísimo al aprendizaje de contenidos imprescindibles, ocupando inútilmente espacio en tu vida y en tu mochila; un buen puñado de horas más  esperando a que se termine el programa ineludible o el discurso eterno y omnipresente, introducido uno en el “horario estelar” y el otro en transmisión diferida por todos los canales, para solo cuando suene el himno de ocasión indicando que ya acabaron, poder ver al fin el programa preferido que te alegra o relaja, el episodio de la novela que no te quieres saltar, el opio designado para mitigar el dolor del tiempo; meses pendiente de una anuencia “de arriba” que autorice a hacer o continuar algo, o del arribo de algo imprescindible que se tarda indefinidamente o que se pierde entre el despiste y la morosidad legendarios del servicio de correos o de la aduana, que son como la eternidad en estado sólido; años desperdiciados aguardando a que sean dadas “las condiciones objetivas y subjetivas” y que converjan “el momento y el lugar indicados” para emprender un proyecto, exhibir una obra, publicar un libro, debatir un tema, hacer una crítica medular, reivindicar a alguien que fue injustamente agraviado y olvidado, se “eleve” un planteamiento y baje una respuesta; décadas desesperando por el cambio anhelado que no llega.

Todo lo anterior lleva por añadidura el lastre de la “carga subjetiva de la espera”, que no está hecha únicamente de paciencia pura y dura, sino también de incertidumbre. En Cuba no cabe aguardar nunca un plazo fijo, una sucesión causal y ordenada de acontecimientos, con probabilidades de que las cosas se darán, no ya en un plazo lógico, ni tan siquiera en el anunciado. Dicha espera suele ser imprecisa, elástica, sujeta a la cadencia antojadiza, pero a la vez meticulosamente calculada, de los que tienen la prerrogativa de liberar o frenar el mecanismo del reloj.

A la demora para actuar, ahora puedes sumar a discreción todas las cosas que te han llegado a destiempo. Por solo poner un ejemplo, consideremos el desfase tecnológico. Cuba, un país que alguna vez estuvo a la vanguardia mundial en la adopción temprana de las innovaciones tecnológicas del día (el ferrocarril, el teléfono, el cinematógrafo, la radio, la televisión, el automóvil, las últimas técnicas constructivas…), hoy va a la zaga en la socialización abarcadora y la explotación eficiente de todos los avances de la era digital, como durante cuatro décadas y media lo estuvo en los de la era analógica. Durante los años en que ya tenían presencia en el común de los hogares del hemisferio, raramente se podían encontrar entre nosotros reproductoras y grabadoras de cintas, videocaseteras, cámaras, e incluso los teléfonos de línea fija, los televisores eran prácticamente un lujo, y ni hablar de la televisión satelital, un automóvil o cualquier tipo de transporte marítimo; considerando que se trata de una isla, con muy raras excepciones, a día de hoy a los cubanos no se les permite abordar embarcaciones marinas de ningún tipo, incluyendo las deportivas, como los catamaranes). Entrando en la segunda década del siglo XXI, la gran mayoría de los cubanos aún no tiene en casa o no sabe cómo funciona una computadora, una tarjeta de crédito o débito, una aplicación de compra y entrega a domicilio; tampoco cómo se exporta o importa algo, cómo se emprende un negocio, cómo invertir ahorros, ni siquiera cómo viajar (si bien esa misma mayoría permanece constantemente actualizada acerca de las muchas maneras de emigrar).

Consideremos por último no solo el tiempo de zozobra en el que perdimos “el disparo de arrancada” y dejamos de “estar al día”, sino también aquel en que se nos impidió “pensar al día”. En su libro El Estante Vacío[xvii], el historiador y académico cubano Rafael Rojas propone que la visión del mundo, a su juicio mediatizada, poco objetiva y peor informada que tienen tantos cubanos, desde el hombre de las fábricas hasta no pocos investigadores académicos, no tiene que ver con lo que han leído, visto y escuchado, sino más bien con lo que no tuvieron la posibilidad de leer, ver y escuchar oportunamente, con la imposibilidad de -o incluso la falta de voluntad para- comparar, contrastar, dialogar libremente con otras ideas y sacar conclusiones propias. Al tiempo que la Revolución predicaba que “No le decimos al pueblo, cree. Le decimos, lee”[xviii] , la mezcla de intensa propaganda política y recelosa censura en todos los niveles de la educación pública, en los gremios artísticos y científicos, las universidades, las editoriales, librerías, bibliotecas, archivos, en los limitados, supervisados y a menudo intervenidos espacios de intercambio intelectual, así como en la totalidad de los medios de difusión masiva, provocó otro desfase, aún más dramático para el futuro del país.

Leer, ver y escuchar grandes cantidades de lo mismo -la misma retórica, los mismos argumentos, basados en las mismas premisas, llevando a las mismas conclusiones una y otra vez a lo largo de los años- convirtieron a millones de cubanos en aspirantes a expertos en ideología, que es lo mismo que decir ignorantes involuntarios de casi todo lo demás. El inexistente o muy limitado acceso y socialización de algunas corrientes del pensamiento cultural, político y social del momento a nivel internacional, así como de la creación artística, y en general de las novedades del mundo, además de condenar a la inmovilidad o a la casi nulidad al debate social, fosilizó el conocimiento colectivo limitándolo a lo permitido, fomentado y expuesto en la vitrina pública por el departamento ideológico del partido comunista, guardián de la corrección política  e inquisidor de la “desviación ideológica”.    

Es difícil de calcular la escala del efecto retardador, del subdesarrollo también mental al que se condenó a la inmensa mayoría del pueblo cubano como resultado de las décadas de rezago en la formación de una cultura artística, filosófica, económica, política, jurídica, y en general democrática, mucho más profunda, amplia, diversa, mejor informada y, sobre todo, libre. El mundo con toda su complejidad, con sus conflictos e interconexiones, crisis y soluciones, con sus mutaciones y visiones de futuro, pasaba de largo. A la isla solo nos llegaba una sinopsis políticamente interesada y ya destilada de ambivalencias ideológicas, mientras nos empantanábamos en tabúes, contradicciones que no se abordaban, debates indefinidamente pospuestos o negados, todos los libros y autores no publicados o abiertamente prohibidos.

El rock, el arte y la teoría postmodernos, los movimientos por los derechos civiles, incluso el pensamiento marxista reformado, como después la internet, nos irían llegando cual ecos lejanos, con una o más décadas de retraso deliberado, y con muchas contraindicaciones y advertencias al lector que nos ponían sobre aviso acerca de sus nefastos efectos secundarios. Nos enteraríamos de acontecimientos complejos y fundamentales que ocurrieron en nuestra propia historia reciente muchos años después, siempre a medias y mediados por reinterpretaciones “oficiales”. Cuántas de las más lúcidas y polémicas investigaciones de nuestros propios académicos aún permanecen tras un velo de secreto y suspicacia. Muchas fueron condenadas al anacronismo y la intrascendencia inmediatas de alguna revista local o gremial, o bien enterradas bajo toneladas de papel indolente, en cualquier caso, lejos de toda posibilidad de un amplio escrutinio público.

Ya se ha mencionado arriba que una de las maneras en que hemos desperdiciado el tiempo ha sido el constante aplazamiento del relevo generacional, que se ha visto sustituido por un espejismo. Saturno, por temor a verse en la obligación de compartir el trono con algunos de sus hijos más ambiciosos o visionarios, o de verse destronado bajo el furor regicida de los más insumisos, los que en definitiva eran sus émulos, los que tenían voz propia, terminó devorándolos a todos. En su lugar puso a una cohorte de bastardos y de imitadores obedientes, a través de los cuales podría seguir hablando mientras envejecía, asegurando su legado, dominando su creación y el espectáculo de su gloria, como un ventrílocuo a su muñeco. Como resultado, Cuba sigue gobernada por una gerontocracia que lee libros viejos, gobierna con métodos viejos, sueña con viejas visiones, a la que ya parece importarle más aplazar su jubilación que cumplir sus visiones y promesas. En el empeño, se apropian de nuestros días como plusvalía, y nos empujan fuera de nuestro propio tiempo, hacia la alteridad del exilio o hacia a una especie de catalepsia espiritual, en la inercia del presente.

Todo eso que detuvo lo que ya habíamos adelantado y nos impidió consolidarlo y mejorarlo; todo lo que debimos recuperar y se dejó degradar y olvidar definitivamente; todo lo que quisimos, pudimos y debimos hacer, pero que no nos permitieron hacer, nos pospusieron indefinidamente durante décadas o sencillamente no encontramos el coraje de hacer al costo que fuere; todo eso que debimos conocer y considerar, y que nos hicieron ignorar escamoteándolo, prohibiéndolo o distorsionando sus fuentes originales; todo eso que debimos debatir y consensuar, decidir y cambiar, y sobre lo que aún nos impiden dialogar y actuar libremente; todo eso que debimos comenzar a la par del mundo y se nos frenó u obstaculizó, haciéndonos perder el disparo de arrancada, son las fuentes de nuestro tiempo perdido, son la caminata en reversa del paseante lunar, el círculo que describe el burro alrededor de la prensa del trapiche, la piedra de Sísifo rodando cuesta abajo.


[xvii] Rojas, Rafael. El estante vacío. Literatura y política en Cuba. Págs. 8-24. Editorial ANAGRAMA, España, 2009.

[xviii] Fidel Castro, en comparecencia televisiva el 9 de abril de 1961, a propósito de terminarse el sexto ciclo de la Universidad Popular.


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