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10. Tratando de darle alcance al Sol o En busca del tiempo (cubano) perdido

Continuación: Décima Parte. Final

VI.
Epílogo
LOS QUE LUCHAN TODA LA VIDA

“La vida no vale nada
si tengo que posponer
otro minuto de ser
y morirme en una cama”
Pablo Milanés
La vida no vale nada

¿Por qué seguimos esperando? La terquedad que sostiene los sueños de muchos cubanos de que haya un cambio impulsado o concedido por el propio establishment político sin que medie en ello una enorme presión social y sin el trauma acarreado por conflictos y transformaciones profundas del estado de cosas,  o la percepción en otros de que “todo va bien”, de que cada nueva crisis no es otra cosa que gajes del oficio de construir un mundo mejor, de los que saldremos fortalecidos, es una combinación de ingenuidad crónica, desinformación sistemática y vida en negación con lo que se conoce como la falacia del costo hundido. Ha sido tanto el tiempo invertido, tanto lo sacrificado, que nos cuesta creer que buena parte de lo que ofrendamos, todo compromiso y toda renuncia que hicimos, pudo haber sido en vano,  que mucho de lo creído y lo vivido pudo haber sido un embuste, una cruel puesta en escena teatral donde formabas parte, sin saberlo, de un elenco que representa, para unos pocos espectadores privilegiados, la comedia humana de toda la vida:  la de unos crédulos que hacen el ridículo para beneplácito de unos cínicos. No solo no te es posible creerlo, sino que prefieres ni siquiera considerarlo.

Mientras más viejo eres, más resistencia haces a pensar que buena parte de tu vida no aconteció como crees que lo hizo, y que se desperdició inútilmente, cazando formas de humo. La sensación de derrota y futilidad de toda una vida es insoportable hasta para el espíritu más adamantino y la salud más vigorosa. Por eso, ante la disyuntiva de Neo, el protagonista de The Matrix, escoges tragar la píldora azul que entumece el raciocinio, te sumerge en la dulce placidez del olvido y en una realidad virtual hecha a la medida de tus sueños más ordinarios. En su lugar, la píldora roja, la que te desenchufa de la percepción prefabricada por la maquinaria que te domina, solo puede prometer despertarte a la realidad, pero no que esta no se parezca a la pesadilla que rehúyes.

Entonces, en vez de aplicar la duda metódica, te abrazas más fuerte a la fe, perdida ya toda esperanza, como el único madero salvador en el naufragio de las emociones, de los sentimientos encontrados, de la falta de propósito, de las interrogantes. Por eso resistes aferrado a una silenciosa desesperación. Por eso sigues empujando la piedra colina arriba, porque crees, o más bien decides creer, aunque nunca sepas si es cierto o llegues a verlo, que un día la meta se alcanzará, y que toda la energía que empleaste en ello habrá sido imprescindible para ese logro. Porque ido ya tu tiempo, acabada la canción, tienes que creer que aún te queda algo por decir. Pero sobre todo porque pesa y duele, mucho, “el tiempo, el implacable, el que pasó”.


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Tratando de darle alcance al Sol o En busca del tiempo (cubano) perdido. Introducción

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