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8. Tratando de darle alcance al Sol o En busca del tiempo (cubano) perdido

Continuación: Octava Parte

Imagen: obra de Abel Barroso

13. Sin prisa, pero sin pausa

En el caso de la sociedad cubana, la administración del tiempo de vida de los individuos, en función de la recaudación de su plusvalía a favor del mantenimiento del poder político, se ha hecho más evidente que nunca. Para hablar de la lentitud del progreso en Cuba, es costumbre tomar como referencia cualquiera de las muchas maneras, todas harto conocidas, en que la gestión económica y política del gobierno nos paralizó o retrasó durante más de medio siglo. Pero acaso los ejemplos más elocuentes del astuto manejo del reloj por parte del guardián del tiempo los encontraremos en la forma retardataria de hacerlo avanzar a pesar de todo, como hemos visto a lo largo de los últimos tres lustros. Tómese como ejemplo paradigmático la era de “cambios” que sobrevino a la salida involuntaria de Fidel Castro de la escena pública que había dominado por medio siglo, a partir del año 2006.

Casi de inmediato comenzaron a implementarse transformaciones en la sociedad y la economía cubanas a partir de las “nuevas” políticas llevadas a cabo por la nomenclatura recién estrenada en el poder. De pronto todos los “hijos del mañana” recordaron aquella canción de Scorpions que a principios de los años 90 se convirtió en la banda sonora de la revolución política que acontecía en los países del antiguo bloque socialista en Europa del Este. Se empezó a tener la sensación de que ya se respiraban los “vientos de cambio”.

Y en verdad, eso parecía. Al menos, después de muchos años de apartheid económico, paulatinamente los cubanos pudieron entrar a los hoteles de los principales resorts turísticos de su propio país, vender y comprar legalmente sus propias casas y sus viejos autos, poseer teléfonos celulares y líneas de telefonía móvil sin necesidad de que un estudiante, un técnico extranjero o un diplomático se los dejara al salir del país o se los vendiera de contrabando. También pudieron comprar equipos de reproducción de vídeo en las tiendas de electrónicos, sacar sus pasaportes y viajar sin necesidad de una “carta blanca” del Ministerio del Interior, abrir pequeños negocios, tener poco a poco mayores cuotas de acceso a Internet, incluso sacrificar ganado vacuno para vender o para consumo propio, y así unas pocas cosas más a lo largo de los siguientes quince años.

Desde la perspectiva de hoy, debiera parecernos que todo aquello de “sin prisa, pero sin pausa”[xvi] después de décadas de atraso deliberado, suponía una morosidad insoportable e injustificable. Pero después de tan largo naufragio, cualquier gaviota nos parecía que anunciaba al fin tierra firme. “Eppur si muove”, podrían haber dicho entonces los optimistas incorregibles. Pero el problema radicaba justamente en la velocidad, que no es otra cosa que la distancia a recorrer, en este caso enorme, dividida por… el tiempo.  

Técnicamente hablando, todas las transformaciones de los últimos quince años se podían haber implementado en un par de días, a lo sumo en un par de semanas. A fin de cuentas, se eliminaban limitaciones y prohibiciones absurdas e impopulares, impuestas por decreto durante décadas, de modo que también por decreto se podían haber derogado. Literalmente, de un plumazo, como se hacía y aún se hace todo en Cuba. Es posible imaginar que si todos estos impedimentos a la vida, de tan larga data, hubieran desaparecido con un pase mágico, la gente hubiera danzado de alegría como en una bacanal infinita, y entre ofrenda y celebración, se hubieran escanciado todas las reservas de ron y cerveza del país, agotándolas en pocos días. Ahora bien, una vez pasada la euforia, apenas unos meses después, habríamos despertado de la resaca para abrir los ojos a dos realidades profundamente desconcertantes.

Primero hubiéramos caído en la cuenta de que aquellos cambios no eran tales. Ya moderados los ánimos y vistas las cosas con objetividad, nada verdaderamente esencial había cambiado. Tan solo sucedía que algunas cosas, que durante una temporada demasiado larga permanecieron en un estado de anomalía, volvían ahora a una relativa normalidad. No era un paso adelante, sino hacia atrás; no era adelantarse al futuro, sino volver, en unos pocos aspectos no fundamentales, al punto donde este se había atascado. Mientras, todo lo demás, “todo lo que debe ser cambiado”, continuaba imperturbable.

El temor de que este súbito discernimiento hiciera que la gente comenzara de inmediato a pedir otras transformaciones, cambios económicos y políticos verdaderamente sustanciales, junto a la necesidad de mantener viva y capitalizar políticamente la esperanza, puede haber marcado el paso de caracol de las reformas. Quizás era la razón por la que, por ejemplo, hoy se anunciaba el inminente levantamiento de esta restricción, y a los pocos meses se pregonaba que pronto tendría lugar el cónclave donde se debatiría la derogación de aquella otra ley o la invalidación de aquella otra resolución ministerial, para en el plazo de tantas semanas después divulgar la creación de una comisión de análisis e implementación, que debería redactar y aprobar una tercera “medida”, y después de un breve receso, divulgar que para el año que viene -a lo mejor- se haría una reforma a aquella otra ley, e insinuar que para mediados de ese mismo año se comenzaría el estudio de nuevos métodos de dirección, que de traer los resultados esperados tras su aplicación experimental en tal o más cuál lugar, podrían llevar a la presentación del proyecto de ley para permitir esto o aquello, y así sucesivamente…

Con este acompasado goteo de agua fresca después de tan larga sequía, uno se mantenía preso de la ilusión de un estado permanente de cambio. “Eppur si muove”, se insistirá. Entre una reforma más o menos trivial y otra -pero todas buenas noticias al fin- separadas entre sí por meses o un año de tregua, se iban alternando períodos de inmovilidad, expectativa, incertidumbre y ansiedad, con pequeños pasos adelante. Así se creaba un círculo vicioso, parecido a los cíclicos estados de euforia y depresión en un adicto, según disponga o no de su droga. Poco a poco se iba tejiendo, envolviéndonos, la telaraña de la esperanza.

“Y entonces, un día descubres que diez años se han esfumado tras de ti”. En rigor, han pasado ya quince años desde que comenzó “la era de los cambios” que tanto entusiasmo cosechó hasta entre las filas de los más escépticos. Lección aprendida: para que el poder gane tiempo, tienes que perderlo tú.

14. Como los peces

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Detalle escultura Pedro Pablo Oliva

Tratando de mirar por el ojo de la aguja.
Tratando de vivir
dentro de una misma burbuja.
Solos.
Carlos Varela
Foto de familia

Peores que la inmutabilidad del tiempo insular son la soledad y el silencio que a menudo le acompañan. Parecerá que me contradigo, habiendo dicho que la soledad y el silencio son requisitos indispensables para formarse una visión del mundo emancipada del placebo mental, mezcla de “pan y circo”, con el que el statu quo pretende hipotecar nuestro tiempo, amalgamarnos con la masa y disolver en ella nuestra individualidad. Pero dígase que en este contexto hay dos tipos de soledad que contrastan entre sí, como hay dos tipos de silencio que le corresponden.

Por un lado, está la soledad autoinfligida en aras de la formación de un pensamiento propio y de la coherencia personal, esa que posibilita la búsqueda de uno mismo lejos del mundanal ruido, a contracorriente de las convenciones y las expectativas con las que te obligan a definirte o condicionan tu aceptación en algún grupo. Y hay otra, la que aquí nos ocupa, a la que llamaré soledad perpetrada, que es aquella impuesta por un estado de cosas que te condena a la separación y la polarización, al ostracismo y la incomunicación. Es el desierto poblado y el mutismo ensordecedor que nos rodea en medio de la plaza donde están todos, excepto los que más echas en falta. No consiste esta soledad en algo de lo que tú escapas voluntariamente, sino en algo que escapa de ti, a tu pesar.

“Cuando un amigo se va deja un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”, cantaba Alberto Cortés. Pero ¿qué sucede cuando todos los amigos se van? Pues que vamos por ahí, llenos de huecos. No sé “cuántos huecos se necesitan para llenar el Albert Hall”, pero sí cuántos pueden vaciar una vida. Casi todos mis grandes amigos viven hoy fuera de Cuba, los que hice en mi adolescencia y juventud temprana, los que ocuparon su lugar cuando estos se fueron durante los años de universidad, los que vinieron después tras otra oleada migratoria, y los que haría una y otra vez en un ciclo constante de felices ganancias y dolorosas pérdidas. Así ha sido, hasta que ya casi no me quedan en Cuba amigos a cuya puerta pueda tocar en busca de compañía, consejo o apoyo. Con todos ellos se fueron años invertidos en sentimientos, emociones, en confianza y complicidad construidas con cada confesión, con cada secreto, con cada crítica bienintencionada que te salva, con cada prueba de honestidad y fidelidad en el tiempo que te da equilibrio y cimiento.

Cuantas fotos de familia adornan nuestra memoria y posan sobre la mesa de noche, fotos donde varias de las siluetas que se ven entrelazadas en un abrazo, y que representaban un beso a flor de piel, una sonrisa audible y contagiosa, una conversación mirándose a los ojos, el calor de un cuerpo y el hombro que se arrima para compartir la carga del vivir, ya se han alejado y esfumado. Hoy se han reducido a una breve conversación por teléfono o a una videollamada, acosadas siempre por el sobresalto del tiempo y el costo, la falta de intimidad y privacidad, el estorbo y la urgencia de tener que puntualizar cuestiones prácticas, como la próxima remesa, la próxima recarga, el precio de la leche que sube, la medicina y los zapatos que hacen falta. Solo quedan gestos, señales y pantallas parpadeantes, sombras de lo que una vez fue próximo y tangible. Cuantos hijos que no pueden sentir a sus padres marchitarse en la nostalgia y la espera, cuantos hermanos, matrimonios, amantes separados, cuantos afectos suspendidos en la ausencia y la incertidumbre sobre el futuro, pendientes de una reunificación o una visita que penden de un hilo, zarandeado por rachas de apáticos vientos políticos que les hacen naufragar en una u otra orilla.  Mientras tanto, el viejo Manuel se va quedando solo.

Quizás el tiempo más doloroso que se pierde en Cuba es el que se ha dedicado a edificar relaciones humanas significativas, que luego son puestas a prueba en el “estira y encoje” de la bandera, en el juego de la soga donde inevitablemente tienes que escoger un lado del que tirar y otro del que tiran de ti, un juego donde se pierde en la misma medida en la que se gana: la patria o el exilio, la familia o la militancia, la amistad o la política. A este se suma el tiempo desaprovechado para establecer y mantener más conexiones espontáneas, transparentes, más lazos sólidos de solidaridad no decretada y asociaciones no prescritas, sino nacidas de la natural inclinación del hombre a la vida en comunidad y la cooperación. Cuántas amistades y asociaciones nunca fraguadas, cuantos consensos y colaboraciones nunca materializados a causa de la intolerancia, la sospecha y el miedo al estigma; cuantas otras truncadas por la pobreza y la emigración.

Cuánto tiempo robado al amor por causa de la división y la hostilidad, fabricadas y alimentadas en la confrontación ideológica, por las demandas de lealtad de un lado y otro del cisma. Se requerirá aún mucho más tiempo para restaurar el amor, para forjar nuevas amistades, pero ya para entonces se nos habrá ido el que con tanta paciencia sembramos y que hoy nos deja con el sentido de una pérdida irreparable, y absorbidos por una melancolía que sobrellevamos en la enajenación y la lucha por la supervivencia, pero que permea nuestras vidas sin que seamos conscientes de ello.    


[xvi] Expresión utilizada por Raúl Castro en respuesta a las críticas por la insuficiente cantidad de cambios esenciales y la lentitud con que se implementaban los ya proyectados.


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