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Tierra de nadie

Hace poco pasaban frente a mi casa dos hombres y una mujer de poco más de sesenta años de edad como promedio, hablando animadamente acerca de la estampida que desde hace un par de meses tiene lugar en el país. Alcancé a escuchar a uno de ellos, un ingeniero agrónomo de mi pueblo al que reconocí inmediatamente, que comentaba, refiriéndose a los que por estos días se suman a la larga caravana migratoria que desperdiga compatriotas por todo el hemisferio: «(…) y me alegro mucho de que se vayan, que se vayan todos, hacía falta, así nos quedaremos con menos brutos y delincuentes aquí. Porque los que no son vagos son ignorantes, y los que no, son delincuentes. Esos son los que tienen esto echado a perder»

Pensé inmediatamente en mi hermano, un hombre inteligente, laborioso y honrado como el que más, graduado en informática, que ha trabajado como editor de imágenes y video, y después como barista, como escribano, y como lo que fuera necesario para independizarse y ayudar a sostener a su familia. Junto a él soñé en algún momento –ebrios de ilusión y de entusiasmo como estábamos, antes de que algún discurso nos devolviera de golpe la sobriedad–, con abrir un negocio, un bar fuera de lo ordinario, una juguería fuera de lo ordinario, una panadería y repostería fuera de lo ordinario, en el más ordinario de los lugares. Y pensé después en que conozco a muchos otros de los que por estos días se han ido o están en preparativos para irse del país. Algunos son médicos, o ingenieros de software, también hay profesores, aquel es técnico en elaboración de alimentos, el otro, dueño de un bar-restaurante en Viñales, un tercero es actor, por allá una licenciada en estudios socioculturales, del otro lado una historiadora del arte, por acá uno que estudió contabilidad, un diseñador, un fotógrafo, aquel que era un emprendedor nato y se hubiera hecho millonario… en un lugar menos ordinario quizás.

Para colmo, se está forzando al exilio, de diversas formas, a un puñado de gente buena, lúcida, valerosa, necesaria, cuyo único delito ha sido pensar distinto a la norma, y buscar a su modo, a capa quitada, un país mejor. Hay a quienes los están dejando sin su trabajo, sin modos de materializar su vocación, sin espacios, sin opciones, que es enseñarles la puerta e invitarlos a irse, como le hicieron, por solo citar el ejemplo que más me descorazona, al jurista Julio Antonio Fernández Estrada, a quien yo veía quedándose a apagar el Morro cuando ya no quedaran aquí ni los gatos. Por último, están aquellos que solo salieron del país de forma temporal y quieren regresar, como la curadora y activista Anamely Ramos, pero se les impide. A unos quieren convertirles en nadie, para que se los traguen, como en un bolero desentonado, la distancia y el olvido; y a otros, que se empeñan testarudamente en ser lo que son y aspiran a continuar siéndolo en su propio país, les condenan a vagar en tierra de nadie.

Solo unas pocas cosas tienen en común todos los que desean irse: son jóvenes, incluso muy jóvenes, cada uno tiene su forma y su dosis singular de talento, están en la plenitud de sus fuerzas físicas y psíquicas, tienen ganas de trabajar, crear y prosperar, tienen ansias de libertad, y sobre todo, tienen pánico de quedar atrapados en el tic tac de este ruinoso reloj, que sigue dando a deshoras las campanadas de viejas efemérides, viejas glorias y viejas ideas, un reloj de mecanismos oxidados y desgastados donde nuestras vidas pendulan dentro de un arco ya predeterminado del amanecer a la medianoche, dejando apenas espacio para el sueño y el soñar, y del que parece que nunca se podrá salir. Esos jóvenes se van, pero no porque quieran dejar atrás lo que han sido, sino porque se buscan a sí mismos, porque se abren su propio camino para llegar a ser, y porque creen que esa búsqueda es imposible en este país, que los anula. No lo abandonan todo, abandonan la nada.

Esto, aquel triste trío de vejetes apocados, conformes y asustados –y lo digo con lástima, no con desprecio o resentimiento–, que tal vez no saben hacer una búsqueda en Google y únicamente saben del mundo lo que les informa la sección de internacionales del Granma, ya no lo podrán comprender. Esto, aquel ingeniero, graduado en nuestras universidades, ya no lo podrá calcular, no lo podrá engranar en su mente, como si insertara un mecanismo dentro de un proceso de producción. Como tampoco podrán comprender que la indolencia, la ignorancia y la corrupción que sí hace falta extirpar para siempre del tejido moral de la nación, no compran asientos en un vuelo de Avianca a precio de estafa, haciéndose pasar por turistas para después jugársela en una ruleta de controles fronterizos y coyotes. Esas, por el contrario, se quedan, haciéndonos sentir aún más solos.

No obstante, reconozcámoslo, ya que vamos también a capa quitada, es probable que sea muy cierto eso de que el país drena un buen puñado de vagos, ignorantes y delincuentes sin los cuales a cualquier sociedad le iría mejor. La inmigración ilegal es de todo menos selectiva. Y sin embargo, no sé por qué, para algunos, el ver a esos partir a otros países debería darnos sensación de alivio y de triunfo, y hasta un poco de orgullo. Me parece más bien una derrota, paradójica, pero derrota al fin y al cabo. Y es que lo que importa es comprender las razones por las cuales sobreabunda entre nosotros esa vagancia, esa ignorancia y esa delincuencia. Y sobre todo, lo que más me preocupa, es que no acabamos de entender, y eliminar de raíz, las verdaderas causas, y las inexorables consecuencias, de la sangría de los laboriosos, los talentosos y los honrados.

Si los que estorban se van, ¿por qué en cambio los que nos hacen hoy más falta que nunca no encuentran motivos para quedarse? Yo no me alegro por la insignificante fuga de los primeros, más bien me alarmo y me entristezco por el vacío enorme, por el desamparo, en el que nos van dejando los segundos. Si creemos «en el mejoramiento humano y la utilidad de la virtud», y queremos hacer un país «con todos y para el bien de todos», sépase que no se puede mejorar a los que se quedan al precio de que tantos se nos vayan, y que por no querer trabajar «con todos», nos estamos quedando sin muchos de los más útiles y virtuosos.

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