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7. Tratando de darle alcance al Sol o En busca del tiempo (cubano) perdido

Continuación: Séptima Parte

Imagen: obra de Arturo Cuenca

IV.
LOS GUARDIANES DEL TIEMPO

11. El precio del mañana

Entregué mi corazón al desaliento, por todos mis fatigosos
afanes bajo el sol, pues un hombre que se fatiga con
sabiduría, ciencia y destreza, a otro que en nada se fatigó
da su propia paga. También esto es vanidad y mal grave.
(Eclesiastés 1:20-21)

A mi mente vienen varias imágenes que se superponen en un collage desquiciado. Por un lado, la de largas colas de gente, como hileras de ciempiés que serpentean por toda la ciudad, por todo el país, colas para entrar a una tienda o comprar en un mercado, colas para el pan y para el pasaporte, colas …; imágenes de personas que esperan cualquier cosa, siempre, sin darse cuenta ya de que esperan: por un documento insustancial pero obligatorio, por un ómnibus, por un permiso para algo que está prohibido, o permitido pero limitado, por un turno para entrar a algún lugar o hacer alguna cosa, por el menú, por la cena, por la cuenta, por un discurso esperanzador, por que se acaben los discursos, por que todo se acabe ya, porque finalmente todo cambie. La espera por que acabe al fin la espera.

Por otro lado, están las secuencias del filme de ciencia ficción El precio del mañana (In time, 2011), escrito y dirigido por Andrew Niccols. Este último consiste en una historia aparentemente sencilla, pero vale la pena detenerse en ella para abordar la relación entre tiempo y poder. Nos ubica en el año 2161 de un futuro distópico similar en algunos aspectos al presentido por Aldous Huxley en su Nueva visita a Un Mundo Feliz (Brave New World revisited, 1958)[xiv]. Tras haber descubierto el gen responsable de la decadencia física en los humanos, los científicos logran desactivarlo. Los individuos de las nuevas generaciones dejan de envejecer naturalmente a partir de los 25 años. Encontrar al fin la fuente de la eterna juventud y dar solución a uno de los grandes desafíos de la humanidad trae consigo sin embargo un nuevo problema.

El abrupto desbalance entre nacimientos y decesos amenaza con desencadenar un estallido demográfico, sobre todo entre las capas sociales más pobres, y el exceso de tiempo “natural” que viene con una vida más prolongada implica acumulación de experiencias, de esperanzas y expectativas, un surtido de riesgos económicos y políticos para las élites minoritarias en el poder. La cúpula gobernante da entonces con la fórmula para administrar y limitar ese superávit de tiempo resultante, impedir la sobrepoblación y mantener el control sobre las masas, a la vez que se enriquece aún más con la lucha de los más humildes por sobrevivir. A todas las personas, por ley, les es implantado al nacer un dispositivo digital en el antebrazo. Este lleva una cuenta regresiva que se detiene transcurridos exactamente doce meses después del cumpleaños 25, induciendo automáticamente un fulminante ataque cardíaco que provoca la muerte de manera instantánea. Esto sucederá indefectiblemente a menos que se “gane” más tiempo con el que recargar constantemente ese “reloj de vida”.

El tiempo se ha convertido en el sustituto del salario, y en general del dinero, y es ahora la moneda de cambio con la que se paga todo, desde las necesidades más básicas hasta la propia existencia. Como siempre, el “tiempo es oro”, y literalmente cada minuto de vida se ha monetizado. Los poderosos pueden perdurar décadas, siglos, milenios adicionales, pueden saborear la inmortalidad. Mientras tanto a los desapoderados una jornada completa de trabajo les alcanza apenas para pagar dos horas de vida adicional, de las que además tienen que invertir una porción en cubrir los costos básicos de la electricidad, la calefacción, la magra comida, la renta y pagar impuestos. Al ponerse el sol cada jornada quedan apenas unos breves minutos o segundos extra que sumar a la cuenta regresiva para intentar retrasar un poco el final, una cuenta a la que siempre le queda en total, a lo sumo, una semana más de angustiosa labor.

El precio del mañana es una alegoría terrible y poderosa, que más bien parece la mezcla diabólica entre El Capital de Karl Marx y las distopías modernas más pesimistas. Pero hay algo de lucidez en el planteamiento que hace la película. Esta especie de eutanasia social planificada tiene todas las apariencias de una solución igualitaria. A fin de cuentas, todos nacen con derecho al mismo tiempo de vida básico, planificado y garantizado, libre de enfermedades terminales, por el Estado. Sin embargo, aquellos con la suerte de nacer dentro de la clase económica y política que gobierna al Estado tienen más oportunidades de expandir su vida gracias a la constante transferencia de la “plusvalía” del valor del trabajo, calculado en tiempo, desde los que no tienen poder político ni prerrogativas económicas y tienen que partirse el lomo para buscar el sustento.

El tiempo se presenta como la dádiva que da a sorbos el Estado hasta los 25 años, para después cobrar cada minuto de vida extendida con servicio, gratitud, obediencia y el acatamiento del sistema, lo cual presenta como la única garantía de que la sociedad no descienda en el caos de una vida sin límites para todos. De esta forma la élite política y económica en el poder asegura su longevidad, la prolongación no solo de su supervivencia física sino también, y sobre todo, la de su estatus quo, a partir de las reglas que ella misma impone a los demás, y de la potestad para dar marcha atrás o de parar el reloj. Dicho de otra manera, para que el poder se perpetúe en el tiempo, es preciso que se limite tu tiempo de vida, o como se dice en Dogs of War, otra canción de Pink Floyd, “tú tienes que morir, de modo que ellos puedan vivir”[xv].

12. Tiempo… ¿para qué?  Del tiempo y su administración como herramienta para el control social.

Cuando la mayor parte de tu día tiene que ser empleada exclusivamente para la supervivencia, y además sobrevivir implica quedar siempre en suspenso, colgando de un guión al borde de algún documento, pendiente de alguna firma o salvoconducto para poder avanzar, se va posponiendo continuamente tu tiempo realmente “humano”, que es aquel en el que te entregas a las dos actividades que definen por excelencia la virtud aristotélica: el conocimiento y la socialización. De igual modo no bastaría con tener suficiente tiempo “disponible”. Importa en qué nos es dado emplearlo.

Cuando las revoluciones estallan la sangre la ponen los plebeyos, pero las doctrinas revolucionarias, donde se reúne e inflama durante un largo período el combustible del estallido, por regla general provienen de los intelectuales y los patricios, o sea, de los que tienen por vocación u oficio la tarea del pensar fecundo y la comunicación de las ideas, o los que cuentan en definitiva con el solaz y las condiciones, sobre todo de independencia económica, para poder mirar más allá de su estómago, cuestionar las convenciones establecidas, imaginar un mundo diferente y compartir su visión, contagiando y movilizando a los demás. Es por eso que las potestades suelen temerles mucho menos a las clases trabajadoras oprimidas, que a, los filósofos, los artistas, los científicos, los maestros y los empresarios.   

Hacia el comienzo del crepúsculo de la Roma clásica, el exceso de tiempo de ocio del que disponían los ciudadanos de la capital del imperio, un “tiempo libre” sostenido por el trabajo esclavo y los tributos de las colonias, era ocupado casi la mitad del año por festividades religiosas y celebraciones políticas, mientras que la otra mitad era llenada con abundantes cantidades de entretenimiento y dádivas subsidiadas por el Estado. “Duas tantum res anxius optat, panem et circenses” (“De solo dos cosas está ávida [la chusma], pan y circo”): con estas palabras expresaba el poeta latino Juvenal su desilusión ante la decadencia de la civitas romana.

En sus días de mayor gloria, los romanos se habían preocupado por las cuestiones más importantes, habían discutido e intervenido apasionadamente en los asuntos de la ciudad, como la creación de leyes, la definición de los derechos ciudadanos y los límites del poder, las finanzas, los servicios y el bienestar públicos, las relaciones exteriores y la guerra. Pero hacia el primer siglo de nuestra era, estos ya habían caído en las astutas redes del clientelismo, y terminaron canjeando el derecho al activismo político que les era inherente por más enajenación y comida barata, puesta a la altura de la boca por un Estado cada vez más derrochador y todopoderoso. De dos cosas estaba consciente todo imperator: la primera, de que una multitud ociosa constituye un peligro potencial constante para el estatus quo. Todo tipo de ideas se le puede ocurrir a un grupo de individuos cuando le sobra el tiempo para pensar, juntarse y debatir. La segunda era el poder del entretenimiento como anestesia civil.

Hasta el día de hoy la expresión “pan y el circo” sugiere una sociedad bajo el señorío de cualquier ideología o sistema político donde el gobierno, tras gravar al individuo con trabas burocráticas y funcionales que le hacen oneroso el trabajar y proveerse a sí mismo de sustento, extiende su dominio hacia la vida privada, estofando a este último de entretenimiento trivial, propaganda o rituales sociales y políticos impuestos y rígidamente normalizados después de la jornada de trabajo. De este modo no le queda al trabajador espacio suficiente para disfrutar de la más mínima cuota de soledad e introspección indispensables para el estudio y la lectura, para el arte, para la observación y la reflexión concienzudas sobre su propia circunstancia, para el desarrollo autónomo del pensamiento crítico, así como para poder asociarse y deliberar con otros individuos. Ha sido este un desafío que ha desvelado al poder desde los tiempos de Roma: cómo administrar el tiempo de vida de los ciudadanos de modo que no les alcance para cuestionar y debatir la manera en que viven, y un día decidir juntos que es hora de cambiarla.      

En su ensayo “Los pacientes del Estado”, Javier Auyero, quien es director del Laboratorio de Etnografía Urbana de la Universidad de Texas, en Estados Unidos, concluye que las “listas de espera” son un reservorio de capital político para la dominación. Podría añadirse que también para la corrupción. Y es que al ser el tiempo nuestro recurso más preciado y precario, aquel en cuyas manos esté la posibilidad de acelerar, ralentizar o detener su paso a discreción nos tiene de rehenes, y cuenta con nuestra atención, nuestro dinero y nuestra obediencia. En su definición del problema, el etnógrafo de origen argentino parte de la etimología del vocablo “paciente”, que proviene de latín “pati”, “el que sufre”.

Los ciudadanos, especialmente los que vivimos bajo la tutela de fuertes estados centralizados, tenemos que armarnos de paciencia para navegar el mar de burocracia y dilaciones de todo tipo que cada día nos abruman y castran espiritualmente, alienándonos y separándonos cada vez más de nuestras metas personales. Con ello nos vamos convirtiendo también en “pacientes” de una enfermedad crónica, estamos enfermos de espera. Nuestra convalecencia consiste en una especie de estrés postraumático, un “stand by” mental o coma psicológico inducido que mutila nuestra voluntad de cambio y debilita nuestra capacidad de resistencia al estatus quo. Auyero reafirma con Foucault que “Hacer esperar a los pobres es una herramienta de control para el poder que le permite vigilar y castigar”, una “herramienta represiva pasiva”, que “secuestra” el tiempo del individuo y le somete al escrutinio y el freno contante de sus actividades por parte del Estado, haciéndole depender para todo y a cada paso de su visto bueno.

Se pudiera argumentar que la burocracia y el manejo del tiempo son inevitables para lograr el orden, la seguridad, las garantías legales, la igualdad ante la ley, la productividad, la funcionalidad del gobierno y en fin, la cohesión y coordinación social y con ellos el progreso en un estado moderno. Pero sucede que la burocracia, y los gobiernos, suelen usar a menudo este pretexto solo para reproducirse a sí mismos y anclarse indefinidamente en el poder, ampliando y perpetuando su control de cada aspecto de nuestra vida, obligándola a someterse a reglas hechas a su medida. Esto es cierto tanto en el caso de las dictaduras como en el de las “democracias” corruptas. No solo definen de cuánto tiempo disponemos para nosotros mismos, sino en qué podemos emplearlo.


[xiv] Aldous Huxley había previsto que la falta de control sobre la natalidad y la consiguiente sobrepoblación, resultado del inmenso éxito logrado por la especie humana en todos los órdenes, serían paradójicamente las causas futuras del agotamiento de los recursos naturales, la destrucción de los ecosistemas y las guerras por la supervivencia de las naciones, amenazando incluso la existencia misma de la humanidad. 

[xv] “(…) They will take, and you will give, / And you must die so that they may live. / You can knock on any door, / But wherever you go, you know they’ve been there before. / Well winners can lose, and things can get strained, / But whatever you change, you know the dogs remain”, en Dogs of War, del álbum A momentary lapse of reason (1987).


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