Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar

1. Tratando de darle alcance al Sol o En busca del tiempo (cubano) perdido

Imagen: fragmento de obra de José Manuel Fors

Por David Horta Pimentel

I.
INTRODUCCIÓN

1. Donde una canción resume el tiempo, y este se desglosa en los libros, en la memoria, y en la vida misma.

“Entre el Yo presente y el Yo que
hubiera aspirado a ser algún día,
se ahondaba en tinieblas el foso
de los años perdidos”
Alejo Carpentier
Los pasos perdidos

Después de que ya ha dejado de sonar, todavía hacen eco en mi mente los versos de Time, una de esas elegías de Pink Floyd que ponen un peso descomunal sobre la conciencia. Últimamente la he escuchado muchas veces, como la pista de un disco rayado que gravita sobre el fondo sonoro de mi vida en un incesante bucle. Cual si respondiera al “hechizo dulcemente pronunciado” en una sesión de hipnosis, me sumerge en un letargo por donde transitan, en fugaz sucesión, los recuerdos de decenas de momentos vividos, de sueños truncos y de confusos despertares:

“El tic-tac del reloj marca los momentos
que suman un día insignificante,
mientras malgastas y disipas
las horas improvisando.

Das vueltas sin rumbo sobre un pedazo de tierra
en tu pueblo natal,
esperando que alguien o algo
te muestre el camino.

Hastiado de estar tendido al sol,
te quedas en casa a mirar la lluvia.
Eres joven, la vida es larga, y hoy
puedes matar un poco de tiempo.

Y entonces, un día descubres
que diez años se han esfumado tras de ti.
Nadie te dijo cuándo echar a correr.
No escuchaste el disparo de arrancada.

Y ahora corres y corres
para darle alcance al sol,
pero ya se hunde,
dando la vuelta para salir
de nuevo a tus espaldas.

El sol es relativamente el mismo,
pero tú eres más viejo,
te falta un poco más el aire
y estás un día más cerca de la muerte.

Cada año se hace más corto,
parece que nunca encuentras el tiempo.
Planes que terminan en nada
o en media página de líneas garabateadas.

Resistir aferrado a una silenciosa desesperación,
a la manera inglesa.
El tiempo pasó, la canción acabó.
Creí que me quedaba algo más por decir»[i]

Uno de esos días, mientras estos versos de Waters y la reverberación espectral de la guitarra de Gilmour aún taladraban mi cabeza, me angustiaba la imagen de cada instante escurriéndose sin pausa por el embudo de un reloj de arena. Comencé entonces a formularme preguntas acerca de las maneras en que se manifiesta el paso del tiempo a mi alrededor, de cómo experimento yo el transcurrir en mi angosto universo cotidiano. ¿Por dónde empezar?

Qué extraña se me antoja esa expresión: el paso del tiempo. ¿A qué me refiero cuando escribo aquí esa palabra: tiempo? No pienso en una dimensión puramente física, la presente en nociones como duración o velocidad, tiempo que se segmenta en intervalos regulares con instrumental cronométrico (nanosegundos, milisegundos, segundos, minutos, horas…). Tampoco en las unidades historiográficas o evolutivas que llenan el cuentagotas geológico, biológico y cultural del planeta, las especies y las civilizaciones, con las que se nos mide en acumulaciones de estratos de polvo de estrellas, mutaciones genéticas y dataciones de carbono 14, y se nos registra en censos, folios de biblioteca, museos y nubes de datos (eones, eras, periodos, edades, milenios, siglos, décadas…). Ni siquiera hablo del Tiempo con mayúscula, esa pieza en el rompecabezas filosófico donde se pregunta qué fue primero, si el huevo o la gallina, la interpelación que haría rumiar incesantemente a Parménides, Bergson, Nietzsche o Heidegger, ese Tiempo circular del Eclesiastés, que es el mismo de Borges, Eliot o Carpentier. Esto es, el que acaso existió y existirá siempre, sin principio ni final, girando a nuestro alrededor en órbitas cíclicas de la semilla al fruto y de vuelta, como una noria que lo devuelve todo al mismo punto de partida una y otra vez, per saecola saeculorum. O que, tal vez, en realidad no existe ni ha existido nunca fuera de nuestras cabezas, pues es tan solo un memento mori, la expresión de nuestro sentimiento de humildad y de angustia ante la conciencia de cuan breves e insignificantes son nuestras vidas, proyectadas en la escala de lo eterno y lo infinito.

Ya los antiguos griegos intimaban con estos vislumbres del tiempo. Los sintetizaron en la unión entre Ananké, diosa de la inevitabilidad y madre de las Moiras, hilanderas del destino, y Kronos, el inconmensurable, Dios absoluto del Transcurrir, que es decir el Dios de la eterna posibilidad, pues en un universo sin principio ni fin absolutamente todo es dado en potencia. Nuestro despertar a la conciencia del tiempo, sin embargo, es insoportable como abstracción. Por eso para los griegos entonces, tanto como para nosotros hoy, esta impregna y se diluye en las formas del mundo.

Quedamos imbuidos de esa presciencia al contemplar el cielo en una noche de luna nueva, llover sobre la estepa, una aurora boreal, un valle que se extiende hacia un horizonte de montañas crepusculares. Y sobre todo ante la visión del mar, el del Cementerio Marino de Paul Valéry, que está por todas partes y es siempre el mismo. Ese mar que me hace evocar el rompiente del Malecón habanero y todo lo que mi tiempo depositó en él, ahora cubierto por el salitre: los anhelos de libertad, el amor, la partida, el regreso, allí donde todo puja por renacer en la memoria con cada nueva visión del Caribe Atlántico: “(…) el mar, siempre recomenzando. Oh recompensa después de un pensamiento, esta larga mirada sobre la calma de los dioses”.

2. Tic-tac…, tic-tac…, tic-tac…

“(…) y te enseñaré algo diferente
de tu misma sombra que en
la mañana corre a zancadas tras de ti
O de tu sombra que al atardecer se
levanta y va a tu encuentro;
voy a mostrarte el miedo en un
puñado de polvo”
T. S. Eliot
La Tierra Baldía

Cuando filósofos, teólogos y poetas ceden a la tentación de condensar en bellas metáforas las nociones de un tiempo que desborda la experiencia humana, incurren en la falacia de la reificación, aun cuando –y he aquí la paradoja- estas nociones deriven de una lógica causal, y de una pauta cuantitativa, acumulativa, matemáticamente objetiva. Pero después de escuchar la canción de Pink Floyd, y de embriagarme con todas aquellas altas elucubraciones leídas aquí y allá, en la resaca solo me queda la inquietud creciente acerca de otra manera de contener el tiempo. Un tiempo que se escribe con minúscula, y que alcanza apenas para medir, en las unidades en que se fragmenta y es perceptible lo cotidiano, la humilde proporción de lo posible dentro del marco de nuestra mortalidad.

Es el que está presente en el coro desquiciado de mecanismos de relojería, la alarma estridente del despertador y el repique de las campanas que nos sobresaltan al inicio de Time, seguidos por el tic-tac pertinaz que evoca el punteado del bajo, imitando el metrónomo que marca el tempo de la música de las esferas, acelerando a 120 compases por minuto a partir de los primeros versos de Waters. A partir de ese instante la canción, como la vida, pareciera ansiosa por avanzar, y se apresura, agónicamente, como quien teme que se le quede algo por decir, en la misma medida en que se va acercando a su final, “ticking away the moments that make up a dull day.”

Ese tic-tac en obstinato hace eco y se amplifica en lo más íntimo del ser. Un ser que es y que se percibe a sí mismo porque respira, porque inspira y exhala el aire presente aquí y ahora, en contrapunto con los latidos del corazón. Es allí donde cala más hondo y se escucha más alto que todos los conceptos. Solemos llamarle simplemente “vida”, y nos mide también en años, estaciones, meses, semanas, en pasado y futuro, en nacimiento, adolescencia, juventud, senectud… Adquirimos mayor consciencia sobre lo que significa a medida que nos aproximamos al momento en que inexorablemente el reloj habrá de detenerse y el tic-tac dejará de escucharse, con el último soplo.

Es dentro de ese paréntesis final cuando de pronto te percatas, con dolorosa claridad, de que la vida era “eso que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”[ii]. Para entonces la jornada habrá avanzado en su arco de cielo rumbo al horizonte y a tus espaldas ya la noche asoma. Se hace cada vez más difícil “darle alcance al sol”. No en balde la canción que sigue a Time en El Lado Oscuro de la Luna (The Dark Side of the Moon), el inmortal disco de Pink Floyd, es una especie de conjuro contra el tiempo, un analgésico musical de belleza absoluta que aquieta la angustia de la muerte, pero que es también renuncia, humildad y aceptación estoica del fin. Another gig in the sky, como su nombre lo indica, anuncia otro concierto, uno que subsume una existencia más en la partitura infinita de la música de las esferas, un concierto que tiene por escenario el cielo.

Pero la inmensa mayoría de los seres humanos, por insensato que parezca, no huimos hacia adelante, no cultivamos la aceptación, ni tenemos la perspicacia de los filósofos y los poetas. Por eso, al ver que el sol se hunde inexorablemente ante nuestra vista, cerrando un día más, todos los días, uno de esos atardeceres decidimos hacer trampa, y nos lanzamos en dirección contraria. Así comienza la búsqueda de algo que inadvertidamente dejamos atrás, algo que extraviamos en el proceso mismo de vivir. Se trata de ese tiempo perdido que reivindica Marcel Proust y que, al igual que él, creemos poder recuperar desde el porfiado ejercicio de la memoria.  La nostalgia es al vivir lo mismo que el recuerdo del olor del pan recién horneado al pan; no nos alimenta, pero le reconocemos y evocamos en la imaginación, donde nos parece que lo podemos saborear de nuevo una y otra vez.

Nos vamos aferrando poco a poco al ser reminiscente, ese que está hecho de pasado. Echamos mano al acopio que hasta ese instante pudimos hacer de experiencias memorables, vocaciones profundas y emprendimientos cotidianos: grandes y minúsculas realizaciones, fugaces instantes de placer, juegos, caprichos y fruslerías, aromas, sabores, amores, belleza, alegrías y también mucho dolor, desigualmente distribuidos, que atesoramos en los compartimentos de la conciencia. Nos quedamos, en fin, mirando la lluvia caer. Pero ahora esta moja -y lava de impurezas- otro día, otro patio, otra existencia, anclados en la memoria de aquellas jornadas en que aún creíamos poder matar un poco de tiempo, solo un poco más. No nos dimos cuenta de que era el tiempo el que nos iba matando, poco a poco.   

Ahora bien, si quiero comprender cómo experimento yo el transcurrir en mi angosto universo cotidiano, ¿por dónde empezar? Creemos que el reloj del tiempo físico corre parejo para todos, pero los versos de Waters sugieren que hay una muy particular “manera inglesa” de sobrellevar el tic-tac implacable. Mis lecturas y las películas que he visto sobre el Londres de la época victoriana me hacen pensar en la distinguida flema de los británicos, mezcla de estoicismo y resignación ante la adversidad, dignificada por un casi religioso sentido del deber, y entrenada en el pragmatismo y la temperancia de las emociones. Pero lo más significativo que se infiere de la alusión que hace Waters a la languidez de la vida en su Surrey natal, es advertir que necesariamente deben haber otras formas de lidiar con el paso del tiempo, de igual modo características para cada lugar, época y cultura, dondequiera que se manifiesta la pugna del ser humano con su condición mortal.

Cuando en el sudeste de Inglaterra ya es mediodía, apenas amanece en mi pueblo natal, Pinar del Río, en la isla de Cuba, donde aún permanezco en el vigésimo primer año del siglo XXI. Permanecer, que como bien se sabe, es una forma neutral, inerte, de estar en el tiempo. A menudo imagino compartir con mis coterráneos esa sensación de levantarme, todas las mañanas, desayunando ganas de “salir adelante”, lo que sea que ello signifique, solo para encontrarme aún entre luces dando “vueltas sin rumbo sobre un pedazo de tierra», esperando que de pronto se distinga alguna señal que indique que ya es hora de arrancar, y un atajo por el que echar a correr más rápido, acortar la distancia y aventajar al sol.

Esa “anunciación”, el in hoc signo vinces que indica que finalmente todo lo bueno sucederá y que la espera cobrará sentido, es lo que en la tradición mitológica griega representaba Kairós. Este dios menor encarnaba la noción del “ahora”, de la “oportunidad”, esto es, la existencia de un momento preciso y auspicioso para el movimiento y el cambio, una idea que le era extraña a Kronos, tanto como esa otra conjetura hegeliana del pasado que evoluciona inexorablemente, a través de un encadenamiento de contradicciones, hacia un futuro cuya meta es liberar al ser mediante la superación de sí mismo en el conocimiento. Extraña idea en verdad, pero que al esquivar la aberración del eterno retorno, se acercaba mucho más a la mínima escala del tiempo humano y empatizaba con su sentir.

Vuelvo entonces a mi jardín para preguntarme si tenemos los habitantes de esta “isla que se repite” en el centro del tiempo caribeño una forma distintiva de esperar, resistir, recordar, olvidar, permanecer… ¿De dónde surge esa sensación que tengo de encontrarme en un grotesco parque de diversiones, donde niños, jóvenes, adultos y viejos se marean por igual en el mismo tiovivo loco y del que parece no haber salida? ¿Por qué tengo la impresión de que mis coterráneos y yo damos “vueltas sin rumbo sobre un pedazo de tierra”? ¿Cómo cronometramos los cubanos la vida?

[i] Fragmento de Time, cuarta canción del álbum Dark Side of the Moon (1973), con letra de Roger Waters y música de Pink Floyd. El resto de la canción es como sigue: “Hogar, de vuelta en el hogar / Es bueno estar aquí siempre que puedo. / Cuando llego a casa con frío y cansado / me place calentar mis huesos junto al fuego. / A lo lejos, atravesando los campos/ el tañer de las campanas de hierro/ convoca a los fieles a postrarse de rodillas/ para oír el hechizo dulcemente pronunciado”. La traducción al español es mía.

[ii] “Life is what happens to you while you’re busy making other plans”. En Beautiful Boy, de John Lennon.


Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: