LO QUE PASA EN PINAR DEL RÍO, SE QUEDA EN PINAR DEL RÍO.

Primera parte: Acerca de la buena y la mala suerte de vivir en los márgenes.

De “Las historias de Rabín-Da-Ná”, 1998. Pedro Pablo Oliva.

 

Los pinareños, no importa si eres de Soroa o del Cayuco, comparten desde hace tiempo una extraña superstición: creen que cada vez que en las climatizadas oficinas de los think-tanks del gobierno en La Habana surge algún invento o iniciativa, o bien nuevos ajustes y cambios de cualquiera índole a lo ya existente (“actualizaciones” del modelo económico, aplicación de métodos de dirección, administración o distribución “inéditos”, programas de habilitación o transmigración tecnológica, y un largo etc.), casi invariablemente el tinglado se monta primero en Pinar del Río, ya que es uno de los polígonos de prueba del país.  Si a través del procedimiento de ensayo-error se obtienen resultados que parecen alentadores, entonces se comienza progresivamente a aplicar en el resto de la isla; de lo contrario.., solo lo lamentarán los pinareños. Ese raro privilegio puede significar entonces una bendición o un disparate, nos puede dar una ventaja relativa con respecto al resto de la isla o nos retrasa un poco más. Cualquiera que sea el caso, en cada nueva apuesta todo vuelve a estar en juego. Es por eso que los habitantes de la región de Vueltabajo se imaginan como si fueran cobayas en una jaula de cristal, siendo observadas por los ojos curiosos y expectantes de los discípulos de Pavlov en economía política. Si es realidad o mito, es algo difícil de determinar de manera conclusiva, pero algo hay en nuestra historia que justifica la permanencia de esta superstición en nuestra subjetividad.

Durante los tiempos de la Colonia y la primera mitad de la etapa republicana, la situación geográfica, la composición demográfica y económica, y otras singularidades de la provincia de Pinar del Río, la mantuvieron relativamente al margen de los principales acontecimientos culturales, políticos y bélicos en los que se hallaba involucrado el resto de las regiones del país, lo que para algunos sería la causa de un subdesarrollo pertinaz que perduraría durante años, acaso más mental que material. Paradójicamente, estas  mismas condiciones resultarían las más idóneas para que la región se convirtiera, a partir de 1959, en una especie de laboratorio para la conducción de todo tipo de experimentos sociales y económicos, de esos que requieren una atmósfera debidamente aislada, uniforme y controlada: una zona mayormente rural, de población hospitalaria, discreta, de carácter dócil; un alto índice de urbanización pero en paquetes dispersos y con una densidad poblacional relativamente baja; territorio ubicado al extremo más occidental, formando una bolsa al oeste de La Habana, lo cual, al ser Cuba una isla estrecha y alargada, le otorga una posición inherentemente marginal con respecto al resto del país. Esto último era cierto al menos en el sentido de que las principales rutas comerciales y migratorias raramente llegan a Pinar del Río.

El país “se mueve” entre Santiago de Cuba y La Habana, en ese segmento que interconecta al resto de las provincias que se ubican entre ambas capitales en un eje bidireccional de intercambios, a lo largo del cual todo viene, va y queda, desde las modas hasta los productos industriales y las “giras nacionales” de las agrupaciones artísticas. Claro que no se ha tratado siempre de un fenómeno homogéneo y absoluto, pero sí observable por su recurrencia y por sus consecuencias en sentido general, vistas a través de la historia lejana y reciente. Para los memes (no hablo del pastiche visual humorístico que se ha hecho tendencia en las redes sociales, sino de la “unidad mínima de medida de la difusión cultural”, según la teoría desarrollada en 1976 por Richard Dawkins en “The Selfish Gene”) resulta mucho más difícil el poder difundirse y generar intercambios de subjetividades y creatividades allí donde no existe la exposición a un cauce ininterrumpido y multidireccional de personas, tendencias culturales, tecnologías, conocimientos y experiencias, al contagio y la influencia mutuas y constantes que traen consigo el cambio, la novedad y el progreso. Si el resto del país es como el cauce de un río que corre de este a oeste y de regreso, Pinar del Río es agua represada en un extremo; si la isla parece un caimán dormido, cuán conveniente parece que Pinar del Río quede en la cola.

Vueltabajo permanecía entonces relativamente “virgen”, con muchos asuntos pendientes relativos a su desarrollo, y lo suficientemente aislada del resto de las provincias, pero también lo suficientemente cerca del centro de gestión y supervisión política del país (lo cual la hace más idónea que Guantánamo, que también está sobradamente aislada del resto, pero demasiado lejos de la capital, y “el ojo del amo…. “). Con el tiempo nos convertiríamos en el “área verde” por excelencia. Nadie “pasa” por Pinar del Río rumbo a otro lugar (a menos, claro está, que vaya a hacer escala en La Palma, como antes también en Bahía Honda, para un viaje irregular por mar hacia Miami). Esa sensación de estar entrando o saliendo de una especie de “Área 51” o Roswell tropical, de que se vive o se visita un país extraño y apartado, donde ocurren quizás las cosas más insospechadas bajo la apariencia pastoril de sus paisajes y la campechanía de sus habitantes, se ve reforzada por el sofisticado punto de control policial ubicado en la autopista nacional justo a la salida o a la entrada de Candelaria, según la dirección en la que se viaje. El que hoy llega hasta allí, probablemente es porque es de aquí, o porque alguna razón de peso, casi siempre necesidad o deber, y mucho, pero mucho menos frecuentemente, placer, le conmina a continuar viaje hasta cruzar la nueva frontera del municipio Los Palacios  -que de todo tiene menos palacios, así de grande es nuestro gusto por la hipérbole. De modo que, tal y como se dice de Las Vegas, lo que ocurre en Pinar del Río, se queda en Pinar del Río.

No es de extrañar entonces que fuera en Pinar del Río donde en los años ´60 y ´70 del pasado siglo, según me contó un querido historiador coterráneo, se ensayaron las primeras  -y únicas, hasta donde sé- “células comunistas en la sociedad socialista”, especie de comunas experimentales donde no circulaba la moneda, por allá por las proximidades de San Andrés; o donde fueron reconcentrados los desplazados de la zona del Escambray, en zonas de exclusión que después devendrían pueblos fantasma y hasta nuevos municipios, como Briones Montoto o Sandino; y también donde, según otros, se entrenaría a más de un guerrillero, agitador o líder político latinoamericano, en campamentos ocultos entre las lomas de la Sierra del Rosario. También fue Pinar del Río el terreno de pruebas de ciertos métodos poco ortodoxos de cultivo y ganadería, de la “Revolución energética”, de los “trabajadores sociales”, y en su área más aislada e inaccesible se construye hoy un lujoso y exclusivo resort de golf para los turistas VIP más solventes,  una especie de isla dentro de la isla, lo cual, a pesar de las preocupaciones en cuanto al impacto ecológico y el libre acceso de los nacionales a una de las principales reservas naturales del país, es sin lugar a dudas una ganancia si se compara con otro raro y terrible privilegio -únicamente compartido con Villa Clara, también hasta donde se sabe-, el de haber sido la provincia escogida para montar las instalaciones de los misiles nucleares soviéticos durante la Crisis de Octubre de 1962. En Los Palacios no se encontrarán palacios, pero quedan, como hallazgos de un sitio arqueológico que espero sea el de una época para siempre pretérita, las barracas que por la zona de El Cacho albergarían a los regimientos militares rusos y los silos donde los cohetes del apocalipsis estuvieron a punto de dormir nuestra peor pesadilla.

Entre otras muchas distinciones que sería excesivo exponer aquí, acaso Pinar del Río sea también la provincia que más haya sufrido el experimento de la requisa, división y redistribución de su territorio original en sucesivas “divisiones político-administrativas”. En la serie de canciones que el gran Benny Moré dedicara a distintas provincias, regiones y pueblos del país, había una en la que admirado cantaba: “Pinar del Río, qué lindo eres, de Guanajay hasta Guane”, para después extenderse en la ponderación de la belleza natural y las riquezas, materiales y humanas, de la vasta región vueltabajera. Un par de décadas después hubiera necesitado corregir el verso, y cantar “de Candelaria hasta Guane”, solo para tener que cambiarlo una vez más, tres décadas más tarde, y dejarlo -siempre temporalmente, por si acaso- en “de los Palacios hasta Guane”. Que se cuiden en Guane, no sea que un día les caiga en suerte la responsabilidad de ser la nueva frontera y la nueva capital de una provincia que cada vez se parece más a la sombra de lo que fue.

El primer desmembramiento se hizo en los años 70, cuando también otras regiones del país fueron fragmentadas y miniaturizadas, con el fin declarado de experimentar nuevos métodos de gobierno y buscar una ordenación territorial de la administración pública que se esperaba fuera más eficiente y uniforme. Los resultados, tanto de aquella redistribución territorial como de los métodos de dirección asociados, se pueden ver hoy día por donde quiera que vayas. Aquel experimento casi triplicó la burocracia administrativa, al tiempo que la hizo cada vez más redundante e inoperante, al quitarle además toda autonomía verdadera a las regiones, imponiendo una planificación cada vez más centralizada desde la capital, disparando los gastos públicos y privando a los antiguos territorios no solo de terreno, de recursos naturales y humanos valiosísimos que conformaban su riqueza económica, sino en cierta medida también de parte de su identidad. El tiempo pasó y con él todos se adaptaron a la nueva Cuba, o tuvieron que hacerlo. Pero como suele suceder desde hace sesenta años, no contentos con el desastre, un día los decisores concluyeron que no había salido tan bien como se esperaba, y decidieron… repetirlo. Pero esta vez sólo con “La Habana-Campo”, como se conocía al cinturón de municipios, algunos pertenecientes a la antigua Pinar del Río, que rodeaban al distrito capital, y con la propia Vuelta-abajo (que desde entonces casi ha perdido la curva y se ve más bien recta).

Lo más extraño de todo es la naturalidad, o más bien la indolencia con la que en su momento la mayoría de los pinareños parecieron recibir estas sucesivas amputaciones de su territorio y su riqueza, como si se tratara de algo inevitable, como si en realidad no fuera a cambiar en nada su situación y la de los futuros pinareños. Al menos, yo no he encontrado ni un solo debate entre posiciones diametralmente opuestas sobre el tema en la prensa oficial de mediados de los años 70; tampoco los encontraría en la del 2010 y 2011.  Alguien me dice que, a causa de todas las taras culturales que han heredado, la mayoría de los pinareños son secesionistas voluntarios, o cuando menos indiferentes; en otras palabras, que salvo en la serie nacional de pelota y en sus paisajes, encuentran pocos asideros para desarrollar un profundo sentido de pertenencia, y no suelen sentir ni el entusiasmo desmedido por lo propio ni el rechazo visceral por lo ajeno típicos del provinciano chovinista. Yo creo, sin embargo, que habría que preguntarse, en primer lugar, si acaso hubieran tenido opción. Lo cierto es que probablemente en ningún otro lugar del mundo se recibe la aprobación o el silencio unánime de la población de una provincia o un estado a la hora de dividir o disminuir su territorio y jurisdicciones por voluntad exclusiva de un gobierno central; al menos no se puede hacer sin antes discutir ampliamente el asunto y convocar un referéndum, o sin provocar después, en su falta, un conflicto político, social y cultural que enfrentará a generaciones. Al menos eso es lo que sucede cuando la mayoría de la gente se siente espiritualmente enraizada en un lugar, y cuenta con los incentivos y las oportunidades para intentar buscar allí la propia felicidad con alguna probabilidad de éxito.

Durante décadas la provincia de Pinar del Río, como supongo también otras provincias,  dependió de lo que se decidía en el gobierno central de La Habana, donde se inventariaba en informes y proyecciones estadísticas, y se acopiaba en almacenes centrales, distribuidoras nacionales y cuentas  únicas todo el fruto de su trabajo, sus cosechas, su comercio, las utilidades de sus exportaciones, sus finanzas, para luego decidir qué porción se dejaba o devolvía a la provincia y sus municipios para el desarrollo, que en gran medida también era proyectado, con minuciosidad y agudo sentido oracular, desde las oficinas ministeriales. A la fatalidad geográfica del extremo, se sumó el mal de la república bananera, el de ser meros proveedores de materias primas.

Ahora, finalmente, nos dan lo que parece un simulacro de autonomía, aunque solo después de habernos cercenado poco más de la tercera parte del territorio más productivo en apenas cuatro décadas, de habernos llenado de oficinas, sucursales y dependencias burocráticas regionales (con sus respectivos buros, secretarias, autos, asignaciones de combustible, teléfonos prepagados, conexiones de internet, salarios, vacaciones pagadas y jabitas mensuales), que son dirigidas por sus organismos centrales y sedes corporativas desde la capital, y que de conjunto se tragan buena parte del presupuesto público (mientras que, sin embargo, algunas de ellas ni siquiera pueden ser auditadas por la Contraloría General de la República, no digo ya por los inspectores públicos de la provincia). Nos devuelven la soberanía sobre los asuntos regionales cuando ya no nos pertenecen, de verdad, ni el tabaco (que es de Habanos S.A.), ni la langosta (que es de los japoneses), ni el cabo de San Antonio (que es área protegida), ni los caballos de pura raza, esos que se subastan en cientos de miles de dólares y se crían en La Guabina (que es de no sé quién, o de Flora y Fauna, según la versión que escuches), ni Viñales (que es “zona especial de desarrollo”), ni siquiera los pomos de agua mineral destilada y los refrescos que se producen en Guane (que son de Ciego Montero S.A. y tienen que viajar primero a La Habana antes de regresar a los consumidores de Pinar del Río), ni la mayoría de las tiendas, restaurantes, cafeterías y hoteles (que son de TRD, Caracol, Cimex, Copextel, Palmares S.A., de este grupo o aquel holding) y sabrá Dios cuántas otras cosas (tierras, cultivos, minerales, productos industriales) que se producen aún en territorio de la provincia y que son capitalizados, distribuidos o exportados desde alguna casa matriz habanera.

Será por eso que en la tierra del mejor tabaco del mundo ya no hay entre sus habitantes tradición de fumarlos, como tampoco se come langosta a veinte minutos del lugar donde probablemente se procesan las mejores del Caribe, pescadas en nuestras propias costas. Y ya hasta los tradicionales productos, otrora omnipresentes, de la fábrica de conservas en la que Sixto C. Ferro, pinareño de pura cepa, creó la célebre marca La Conchita en 1937, hace rato han desaparecido de las tiendas y establecimientos gastronómicos donde deberían sobreabundar. Durante décadas hemos sido ordeñados sin que nos haya sido posible ni tan siquiera decidir qué cantidad de nuestra propia leche nos podemos tomar. Por eso cada vez que algún funcionario “de la nacional”, de visita en Pinar del Río, alardea y moraliza, en tono a la vez recriminatorio y condescendiente, acerca de todo el presupuesto, de todos los “ingentes recursos” que el país tiene que sacrificar para “ayudar” a hacer esto y aquello en la provincia, y sugiere que los pinareños ni siquiera lo aprovechan, cuidan y agradecen debidamente, a mí me dan ganas de  meterle una malanga jojota en la máquina retórica y  un buen lancero de Hoyos de Monterrey encendido por el culo, y mandarlo a freír tusas.

Pinar del Río nunca hubiera necesitado de los ingentes esfuerzos y sacrificios de nadie, y hubiera desplegado todo su potencial de trabajo, inteligencia, iniciativa e innovación, si hubiera podido contar siempre con sus propios activos económicos  y el resultado íntegro de los esfuerzos de sus propios habitantes para desarrollarse, sobre la base de sus propias necesidades y aspiraciones, si hubiera podido comerciar e intercambiar en condiciones normales y sin intermediarios con el resto del país y del mundo, sin JUCEPLANes ni lineamientos ni planes quinquenales ni cuentas únicas. Ahora, ya bien desprovistos de todo lo que provee, nos dicen: a partir de este momento esto es asunto tuyo, tú dispones, la onda es el desarrollo local, ya sabes, “emanciparse por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos”, tomar nuestras propias decisiones, utilizar nuestros propios recursos, por lo que comerán únicamente lo que puedan producir, así que miren a ver, siembren piñas en los patios de sus casas.

En Pinar del Río se trabaja duro, se trabaja mucho, y tanto como nos dejan, se trabaja bien. Y con lo poco que nos dejan, hemos ido intentando la también ardua tarea de vivir conformes, y de ser felices. Sin embargo, resulta que ahora uno de los productos más importantes, uno de los recursos más cuantiosos e imprescindibles con los que cuenta la provincia, probablemente sea las remesas en dólares que envían, a sus seres queridos en la isla, las miles o decenas de miles de personas que se han ido con su voluntad de trabajo, su talento, su iniciativa y sus ganas de progresar a otras partes del mundo a lo largo de seis décadas. Algún día, cuando nos curemos de todo lo que aún nos divide, seguro estoy de que en alguna plaza importante de Pinar del Río se elevará un merecido homenaje colectivo, un hermoso y sentido monumento público, erigido con las contribuciones de todos los pinareños de vergüenza, al enorme sacrificio personal y al amor filial de todos los emigrantes pinareños, que pasando por encima de esas divisiones pusieron primero su afecto por la familia y por su tierra natal, y en los momentos de zozobra nos ayudaron, como nos siguen ayudando hoy, a mantenernos a flote.

Y todavía tendremos que mantener la línea de flotación estable por un buen tiempo. Sucede que cuando las cosas vienen en la forma de una orientación “de arriba”, y mucho más si son experimentales, parecen tomar entre nosotros una gravedad extraordinaria, o bien se hacen con tan metódica diligencia que a veces las llevamos hasta límites que incluso los “de arriba” consideran extremos. También por muchas otras intrincadas razones que maravillarían a cualquier antropólogo, sociólogo, politólogo o economista, y en fin, porque casi todo nos llega demasiado poco, demasiado tarde, demasiado temprano, o nunca llega, como el trigo inflado, no es extraño que entre los pinareños abunden los chistes donde se hable de Pinar del Río como de un municipio de la península de Yucatán, de un condado al sur de Miami o de una república independiente. Total, dicen, es como si viviéramos en otro país, así que ya mejor declaramos de una vez la fundación de la República Adyacente de Pinar del Río, nos dan pasaporte y cierran definitivamente la frontera.

Y muy pronto, eso harán…

 

Fin de la Primera Parte.

Continuará…

 

 

 

 

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