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Os juro por lo que fui, que me iría de aquí

Acabo de leer, haciendo acopio de serenidad y estoicismo como nunca antes, los informes y resoluciones de la continuidad. Por supuesto que me siento decepcionado, y desilusionado, pero ya no, nunca más, desengañado. La collera no se afloja sino que se aprieta, la distancia no se acorta sino que se extiende al infinito; no se avanza a la velocidad que requieren estos tiempos, sino que se sigue en la parálisis; no hay nuevas razones para la alegría, sino rancios motivos para la desesperación, que para colmo, como si aún no hubiéramos aprendido nada, se siguen presentando como imponderables, con razones también rancias. Retórica del jingoismo en vez de diálogo de reconciliación; cierre, vigilancia y control, en vez de apertura, libertad y confianza; en lo que nos inmoviliza y divide, más intransigencia y vocinglería, y en lo que nos hace avanzar, superarnos y cooperar, más sordera; para los que nos amordazan, más autoridad, recursos y espaldarazos políticos, y para los que claman libertades civiles, debate político y consenso desde la diferencia, más presión, descrédito, amenazas y uso arbitrario de la fuerza; de aquello que nos hace falta más, menos; de aquello que no queremos desde hace años, más.

Hasta se habló de estudiar la posibilidad de instituir el servicio militar obligatorio también para las mujeres como condición para seguir estudios universitarios. No sé si habrá sido un comentario de paso o el anuncio informal de una decisión ya (mal) tomada y, como sucede a menudo, no consultada con el pueblo.

En todo caso, tal y como ha sido la tradición, no me extrañaría que el país terminara yendo una vez más en dirección diametralmente opuesta a sus propios intereses (los del país, insisto, no los del partido comunista), y que en vez de finalmente liberar a todas las generaciones venideras de ese fardo, se expandiera aún más su peso ralentizante sobre la sociedad toda. Y que lo hiciera además bajo el pretexto de una igualdad de oportunidades, derechos y deberes que debe pasar por encima del género, cuando por el otro lado su propio carácter obligatorio contradice el propósito. Debería existir igualdad de oportunidades y derechos sin distinción de género, claro está… para todo aquel que desee fervientemente ser militar. Este país se beneficiaría grandemente de un ejército mucho más pequeño, profesional, moderno y eficiente, cuyo gasto y escala sean proporcionales a nuestra demografía y economía, a nuestro peso específico en el balance de fuerzas internacional, a nuestra vocación (la del pueblo) pacifista, nuestra posición (ídem) multilateralista y no intervencionista, y por lo tanto a la misión exclusiva de defender en suelo propio nuestra soberanía, y no por último menos importante, de un ejército cuyo personal esté guiado en primera instancia por la vocación de servicio, no por la obligación de servir de esa manera específica. Que sea militar quien lo quiera ser. Entrénesele bien, páguesele incluso mejor, hágasele escalar en jerarquía en base a sus resultados concretos en su profesión, o sea, como a un profesional más, prohíbasele tomar las armas contra cualquier ciudadano cubano por cualquier otra razón que no sea porque llegue a nuestras costas a matar a otros cubanos con la complicidad de un ejército extranjero, incúlquesele la fidelidad y el respeto al pueblo todo de Cuba, y el acatamiento de sus decisiones políticas soberanas si son tomadas en democracia, al margen de las simpatías y antipatías políticas e ideológicas de este o aquel ciudadano y del propio profesional de las fuerzas armadas(para lo cual deberá también ser libre de pensar y leer y expresar lo que le dicte su conciencia), y de igual modo incúlquesele el sentido de pertenencia y el amor a la patria unitaria (no a una ideología o un partido), y el deber de defenderla contra los enemigos externos de su soberanía, en caso de agresión. A la par foméntese, en toda la sociedad, el respeto hacia el servicio de esos hombres y mujeres en uniforme, y la gratitud por su sacrificio. Este país no necesita más gente en el ejército, necesita menos, mejores y más motivados; no necesita tener que obligarnos a servir con uniforme, sino acoger a los que desean vestirlo para servir.

Pero quizás lo más incongruente es que se empiece a justificar el régimen ampliado de servicio militar obligatorio con la necesidad de «una más sólida formación política ideológica de las nuevas generaciones». ¿Quién será el que necesita que las nuevas generaciones se formen y disciplinen en un sistema de jerarquía inamovible de ordeno y mando, donde no se discuten las órdenes, donde las clases políticas no admiten debate, y donde se tiene que marchar hacia donde se indique para hacer lo que se exige, todo bajo un mismo paraguas ideológico? ¿Acaso no bastaban ya para la formación «militar» y «política» los cientos de horas, mayormente malgastadas, arrancadas al currículum de estudios secundarios y universitarios con la imposición de asignaturas tan anodinas como impopulares, tales como PMI y otras que al final se reducen a babaza pseudo-ideológica y al típico «un, dos, tres, cuatro, comiendo mierda y gastando zapatos» en un polígono improvisado bajo un sol inclemente? ¿No es acaso, más que suficiente, redundante, que se sumen además los cientos de horas de tiempo de estudio ocupadas por otras «majors» impuestas por decreto por los ministerios de educación, como «debate político», «Historia de la Revolución Cubana» (que no historia de Cuba), o «Marxismo» (que no Filosofía)? Y sigo contando: las decenas de fines de semana de los «bastiones» y de los «domingos de la defensa»; los cientos de páginas de los libros y discursos que desde quinto grado hay que leer, para después usarlos en las composiciones y en los exámenes, en los que para sacar buena puntuación se debe hablar fino de las virtudes militares, la grandeza y la inmortalidad del líder, y de la justeza y superioridad del sistema político; las miles de horas de «matutinos» en escuelas y en centros laborales, los cientos de páginas y fotos pegadas en los murales, y de consignas e iconos desplazados en las vallas y las paredes de todo el país; y los minutos de cada clase dedicados a conectar, no importa de qué bizarra manera, el crecimiento de un frijol o la técnica para encestar una pelota de baloncesto con el acontecer político nacional e internacional, el internacionalismo proletario y el antiimperialismo; y las tantas horas adicionales de marchas, demostraciones, firmas masivas o tribunas antiimperialistas; y las miles de horas de televisión y radio y las miles de páginas de periódicos y revistas. Mi generación se la pasó siempre en algún tipo de movilización «militar», y todos estuvimos «listos para la defensa» en la fase 1 y la 2 y no sé si una tercera, y abonamos mensualmente una contribución a las MTT, y tal y como hoy, vimos FAR-Visión antes de la novela, así como quizás cientos de discursos de Fidel Castro y otros dirigentes. Mi generación fue separada del seno de la familia y enviada a escuelas para becados con el fin de ser educada y preparada política, ideológica y militarmente para la construcción del futuro. Mi generación también se fue en masa a vivir su futuro a otras tierras. Quizás, al final, no se trataba de una cuestión de cantidad.

Hay muchas maneras de forjar el carácter y el sentido de servicio a la sociedad, la responsabilidad, la disciplina, la solidaridad, la camaradería, la decencia, el orden y todo lo demás, que no sea a golpe de zafarrancho y desfiles marciales. Una vez yo soñé con seguir una carrera militar, fue una de mis fantasías desde niño, y casi que la cumplo a cabalidad. El no haber seguido ese camino, mis mejores amigos lo saben, quizás haya sido la evidencia más fehaciente que nunca antes ni después haya tenido de la fuerza de mi propio carácter, de mi vocación aún más profunda para la libertad de pensamiento y de expresión, y del triunfo de la formación humana que me dieron mis padres, sobre todo mi papá, que valoraba la honradez, el amor a lo propio y el amor propio, la libertad personal y la colectiva, la indignación ante la injusticia y la solidaridad con el oprimido y el silenciado, por encima de cualquier doctrina y de cualquier sagrario. Acaso eso me haya salvado a tiempo. Conozco a personas que visten uniforme militar que son seres humanos magníficos, decentes, respetuosos de la opinión y la dignidad ajena y por lo tanto dignos de respeto, personas que no necesitan ni buscan prerrogativas para vestir ese uniforme con orgullo, y que si el día de mañana alguien les quitara los beneficios de llevarlo, seguirían usándolo hasta en la pobreza, y si se les ordenara cometer un crimen o una injusticia ignominiosa, preferirían quitárselo para siempre antes que mancharlo. También sé que hay gentes que son una afrenta a ese mismo uniforme, que lo serían a cualquier otro uniforme y en cualquier otro lugar, y que son ajenas a la noción misma de humanidad, gentes que ni siquiera se pueden justificar con eso de ser limpios aunque les haya tocado en suerte encargos sucios, de ser «buenas personas con el trabajo equivocado». El punto es que no se puede asegurar que quien viste un uniforme tiene mayor entereza de carácter y es más digno de respeto que aquel que no lo lleva, e incluso que aquel que se le opone; tampoco es siempre seguro aseverar lo contrario. Lo que quiero decir es que el usar un uniforme por más o menos tiempo no te hace necesariamente más o menos decente, más o menos patriota, más o menos útil a la sociedad. Las nuevas generaciones que harán el futuro de la nación más llevadero necesitarán más clases de educación cívica y filosofía (de verdadero civismo y de verdadero pensar filosófico), no de preparación militar; más espacios para expresarse y debatir en libertad, no más vida reglamentada en barracas; no más marchas al son del tambor, sino desarrollar más creatividad, iniciativa y capacidad de innovación, y adquirir más conocimientos sobre economía, tecnología, administración de negocios, ciencias jurídicas, y ecología, y también arte y literatura, por supuesto. No es posible que avance mucho un país en estos tiempos cuando casi todo el mundo ya sabe pararse en firme, armar y desarmar una AKM, y cómo identificar a un paracaidista de un ejército enemigo, pero todavía no se sabe identificar la posibilidad de asociarse con un amigo, no se sabe montar bien un proyecto de negocio, usar una tarjeta magnética, navegar con soltura en internet y aprovechar todo su potencial, y explotar todas las prestaciones de un dispositivo computarizado, diseñar algo útil o novedoso, soñar siquiera con un emprendimiento próspero en aquello que estudió, manejar un auto, montarse en un avión o un barco, preparar un cóctel decente, freírse un huevo, hacer un uso productivo del tiempo en cualquier sentido.

Cada año de servicio militar obligatorio se lleva un año de avance en los estudios, retrasa un año la entrada al mercado laboral, desaprovecha un año productivo y de ganar experiencias para revertirlas en la economía o la innovación. Uno o tres años de servicio militar no «enderezan» el árbol torcido y te forjan el carácter a menos que tengas en realidad muy poco, pues no hay hombre o mujer con voluntad más fuerte y carácter más recio que quien asume con naturalidad, y contra todo intento de domesticación por la sociedad, las maravillosas distorsiones en las que se realiza su propio yo y se hace único. Esos son los creadores y emprendedores a prueba de todo que también necesita la nación, junto a los que reúnen el coraje y la humildad de servirla desde las fuerzas armadas. Unos y otros no podrán ser lo que no desean ser en primera instancia.

Y concluyo esta descarga confesándoles algo. Tengo una hija de 14 años, inteligente y sensible, que sueña grandes cosas. Sería un padre muy cobarde y negligente si permitiera que un grupo de generales que se aburren sin guerras se la quisieran llevar a uniformarla y amaestrarla para justificar las estrellas y el presupuesto. De su carácter, de su educación, de sus valores, y de prepararla para que pueda amar y servir a su patria y a la libertad, a su modo, ya me encargo yo. Y no me hacía falta este pretexto, que ya bastantes insensateces tienen patente de corso y garantía de continuidad en este último congreso del partido comunista que nos diseña el futuro sin pedirnos permiso, pero si además, para colmo, siguen con este otro absurdo a brazo partido y llega a convertirse en otra ley intolerable de tantas que se han pasado en los últimos años, ya no me quedará más remedio que hacer lo que nunca pensé que haría. Recitarle a mi hija, como quien recita un evangelio, las últimas estrofas de «Pueblo Blanco», de Juan Manuel Serrat:

«Escapad gente tierna
Que esta tierra está enferma
Y no esperes mañana
Lo que no te dio ayer
Que no hay nada que hacer

Toma tu mula, tu hembra y tu arreo
Sigue el camino del pueblo hebreo
Y busca otra luna
Tal vez mañana sonría la fortuna
Y si te toca llorar
Es mejor frente al mar

Si yo pudiera unirme
A un vuelo de palomas
Y atravesando lomas
Dejar mi pueblo atrás
Os juro por lo que fui
Que me iría de aquí

Pero los muertos están en cautiverio
Y no nos dejan salir del cementerio»


Publicado originalmente en Facebook el 20 de abril de 2021

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