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«…muy jodido anda un país que sigue considerando subversiva a la libertad.»

Imagen tomada de theverge.com

Comentario sobre las connotaciones de la promulgación en Cuba del Decreto Ley «De las Telecomunicaciones, las Tecnologías de la Información y la Comunicación, y el Uso del Espectro Radioeléctrico» (aún no publicado en la Gaceta Oficial) y del Decreto Ley 370 —«sobre la informatización de la sociedad en Cuba»—


Entrando a la tercera década del SIGLO XXI se empiezan a hacer viajes a Marte, se descubre la posibilidad de la existencia de universos paralelos y nuevas partículas subatómicas, la tecnología automotriz y pronto hasta la robótica ya casi alcanzan a emular la imaginación de la ciencia ficción del siglo XX, y se empieza a trabajar en el diseño de las comunicaciones en 6G y la expansión del «internet de las cosas», una Internet cada vez más eficiente, rápido, potente, fiable, y económico. Mientras tanto, en este universo también paralelo en el que nos hemos y nos han cerrado, donde siempre se ha andado con retraso, en un desfase, como si viviéramos en cámara lenta y dentro de un loop, todavía no podemos ni siquiera adquirir o importar autos para reemplazar al cementerio ambulante de carromatos de la era pre-hippie que llena de ruidos y hollín nuestras calles, creando una atmósfera sonora en la que parece que padecemos de acúfenos permanentes y se tupen poco a poco nuestros alvéolos hasta que un día empecemos a boquear ya con antracosis pulmonar, convirtiendo así nuestras ciudades en una especie de museo (o cementerio) ambulante. ¿Y en qué nos entretenemos ahora? En hacer leyes para asegurarnos de que siempre andemos en cámara lenta. A fin de cuentas, para qué apurarse, si se está tan bien así…

A los más jóvenes entre los millennials y a los de la generación Z les parecerá absurdo (lo es), pero recuerdo que antes en Cuba estaba prohibido importar (y no se vendían en las tiendas, por lo que en su momento tenerlo era un lujo o incluso un privilegio) cámaras de filmación de ningún tipo, reproductores de video en Beta, y después en VHS, y después en DVD, y luego computadoras, y después teléfonos celulares y las antenas parabólicas, y los walkie-talkie, y los routers de WiFi… y las redes locales «off the grid» para jugar videojuegos… No se podía dejar a la gente que tuviera esos dispositivos que les permitirían autonomía, para moverse, comunicarse, organizarse, coordinar la acción y cooperar, y sobre todo para ver, hacer y compartir las cosas que les interesaba, para por ejemplo filmar las cosas de las que querían dejar constancia -hacer y compartir sus propias películas, Dios nos libre-, porque entonces les iba a empezar a importar tres pepinos lo que dijera y mostrara la televisión pública, tan meticulosamente censuradita y molidita sin demasiados sazones, como papilla para bebés, no nos fuéramos a indigestar con el vicio, la corrupción, las malísimas intenciones y las desviaciones ideológicas de la producción simbólica foránea, con la banalidad, la colonización, la mercantilización y la despolitización de la cultura por los centros de poder económico imperialistas, etc, etc, etc. Por tu salud, para ahorrarte los potenciales problemas estomacales de la mesa sueca, mejor los grumos sencillos e hipoalergénicos del cerelac.

Ilustración creada por Chappatte para el Herald Tribune

Y así fuimos llegando tarde a todas las innovaciones tecnológicas (un país que alguna vez llegaba primero que casi todos los demás), al menos en aquellas que nos hubieran hecho la vida más llevadera, más productiva, o más sencilla. Y llegando tarde también a las tendencias culturales, hasta que apareció el «paquete semanal» para rescatarnos de la vieja cheá e introducirnos en las nuevas y más sofisticadas variantes de lo cheo, y finalmente nos pudimos enterar de tantas cosas gracias a la onda «vintage», de modo que buena parte de la música de los 70 y los 80 ahora mismo pudiera ser entre muchos de nosotros una novedad.

La Internet, con todos sus defectos, nos ha dado una posibilidad sin precedentes para acortar de manera sustancial el camino que llevamos atrasado en todo sentido, el camino de poder conocernos, conversar, organizarnos, soñar, planificar y ejecutar proyectos compartidos, informarnos e informar, investigar y aprender sin intermediarios, lo cual podría ser una catapulta al futuro, una oportunidad para finalmente ponernos al día y progresar.

Y ahora esto. Los diputados que siguen aprobando leyes como estas que nos afectan a todos de manera tan significativa, y que son sumamente impopulares, sin antes debatirlas públicamente y abordar sus aspectos limitantes para el ejercicio de la democracia y para el impulso de la economía, le podrán estar dando un espaldarazo al estatus quo político y a la exclusividad de la ideología oficial y su poder para excluir, pero le hacen un magro favor al futuro del país.

Ilustración de Maya Neyestani (Irán)

Lo más paradójico es que justifiquen el «policing», el control y censura del uso de Internet, diciendo que es una vía para bloquear el «activismo» de elementos desestabilizadores «carentes de base social, liderazgo y capacidad movilizadora», cuando ha sido precisamente la demora injustificada (por otras razones que no fueran políticas) y el costo prohibitivo del acceso universal a Internet de los cubanos, y la falta de libertades de asociación, reunión, expresión y activismo político verdaderamente independiente al del gobierno, lo que garantizó que nunca antes pudieran surgir nuevos líderes (y si alguno con potencial sacaba un poco de más la cabeza, más tarde o más temprano le tocaba la guillotina del descrédito en la plaza pública), y que la gente nunca se enterara de quiénes eran y qué decían en realidad las personas con criterios diferentes, que no pudieran reunirse, debatir y movilizarse en otro momento, bajo otras condiciones, y para otra cosa que no fuera para lo que el gobierno convocaba. Claro que en la «disidencia» (o mejor, los ciudadanos con criterios divergentes a los del gobierno, porque no siempre se trata de mera confrontación política y hay gran diversidad de posiciones), entre los herejes no podíamos encontrar liderazgos visibles, no podíamos ver que tuvieran apoyo masivo, ni tenían, que supiéramos, plataformas de cambio que fueran una alternativa creíble. ¿Cómo enterarnos? Mientras se castigaba la sinceridad, el desacuerdo y las alternativas, la simulación se expandía por el cuerpo social y lo necrotizaba, sobre el telón de fondo de esa puesta en escena increíble de la unanimidad. Y así íbamos por la vida, condenando a gente cuyas ideas y propuestas nunca habíamos leído, gente a la que nunca escuchamos, a los que ni siquiera vimos.

Nuestra ingenuidad parece no tener fondo. Sin embargo, ahora eso podría cambiar, y justamente de eso van estas leyes, de evitarlo a toda costa. Antes se decía que el propósito era mayormente anular todo lo que pudieran mostrar, decir y hacer los enemigos «del lado de allá» para subvertir el orden político que queríamos; ahora queda claro que de lo que siempre se ha tratado, y hoy se trata con especial urgencia, es de impedir que nos mostremos y nos digamos determinadas cosas aquí, entre nosotros, para discutir y decidir por nuestra cuenta qué orden político queremos. Parece que nuestro peor enemigo somos nosotros mismos y es preciso salvaguardarnos de nuestros propios demonios, que nos poseen y horrorizan más que cualquiera de los que a estas alturas pudiera inventar el enemigo.

Muy, pero que muy jodido anda un país que sigue considerando subversiva a la libertad. Lo único desestabilizador que debería preocuparnos de verdad, y lo que hay que resolver con urgencia, son estas colas que parecen manifestaciones masivas… y que un día podrían convertirse en una. Un huracán va a arrancar de cuajo el árbol si siguen yéndose por las ramas y no se acaba de bajar a la raíz para liberarla y dejarla crecer.

Publicado originalmente en Facebook el 20 de abril de 2021

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