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Las canciones de Pablo Pueblo

Aún es posible seguir hasta su origen el hilo de la confrontación que surgió en redes sociales como Facebook, Instagram y Youtube entre cubanos de diferentes e incluso opuestas identidades políticas, a tenor de dos canciones: “Patria y Vida”, compuesta por Descemer Bueno, Gente de Zona y Yotuel (de Orishas), en colaboración con al menos cinco personas más, y del otro lado “Patria o Muerte (Por la vida)”, compuesta y producida apenas días después por Raúl Torres. La primera canción impugna la célebre consigna pronunciada por Fidel Castro en 1959 y la reemplaza por otra; la segunda, en cambio, la ratifica y pretende, por así decirlo, dejarla estampada en piedra. Esta pintoresca controversia por la superioridad moral de las consignas y las causas que representan ha vuelto a subir el tono del guateque nacional.

Quien no conozca a fondo el intrincado contexto de crisis política y careo ideológico en la Cuba de estos días, y se deje llevar por la primera impresión al leer los títulos de las mencionadas canciones, puede suponer que se trata de una confusión. ¿Se habla de una misma canción con dos nombres? ¿Un acto fallido o error involuntario a la hora de trascribir los títulos a una plataforma u otra? ¿O quizás se trata de dos versiones consecutivas de un mismo motivo musical, creadas a modo de saga por el mismo compositor? Quizás, si consideramos por un momento a la realidad misma como un autor con trastornos de doble personalidad. Pero se entendería mejor si lo viéramos como uno de esos casos en que dos canciones de dos autores distintos buscan sensibilizar y conquistar a la misma persona, algo así como cuando se piensa en la conexión entre “Something” de Georges Harrison y “Layla” de Eric Clapton. Solo que esta vez no se trata de amigos involucrados en un triángulo amoroso irresistible, embrollado y mutuamente fecundo que se sobrelleva con discreción, sino de rivales políticos en una lucha a voz en cuello por soliviantar a la misma conciencia dormida o confundida. De un lado se busca emancipar a la amada de una larga relación tóxica, mientras que del otro vemos al esposo celoso que lucha por retenerla, no con mensajes de amor a prueba de todo, sino intentando desacreditar y amedrentar al amante; una puja donde las canciones no son soliloquios románticos sobre arpegios de guitarra, sino un duelo político marcado por las bravatas callejeras y el ritmo beligerante de un rap o una conga, y la musa, que es también el objeto de conquista, no es la afrodisíaca rubia Patty Boyd, sino el sufrido pueblo cubano.

Como en toda controversia de guateque, la primera canción es proposición y condemnatio, y la segunda es contraproposición y replicatio; si la primera se presenta como la denuncia de una parálisis en la sociedad cubana y una convocatoria a la acción colectiva para el cambio, la segunda intenta desmentirla, neutralizar ese llamado y deslegitimar a sus promotores. Para sentir la temperatura que alcanzó el intercambio[i] basta con leer las letras y ver los videos de ambas canciones. Se comprenderá cuán diferentes son en todos los aspectos: qué se dice, cómo se dice, quién lo dice, desde dónde lo dice, con qué propósito, a quién se dirige el mensaje y cómo este es presentado. De entrada, aunque en la letra de ambas canciones se menciona la palabra «Patria» la misma cantidad de veces, se hace desde nociones y con urgencias opuestas. Estas discrepancias, en las condiciones normales de una democracia serían… pues eso, poco más que lo normal. Pero “normal” es acaso el más inapropiado de los términos para referirse a la realidad que se vive en Cuba desde noviembre del año 2020, tanto como lo sería el de “democracia” para referirse a la que se ha vivido en las últimas seis décadas.

Hace ya más de un mes desde la salida de “Patria y Vida” y del fuego cruzado de nuevos temas -o nuevas canciones sobre el mismo tema-, diatribas y elogios que le sobrevinieron de un lado y otro del espectro político y cultural cubano, dentro y fuera de la isla. Si menciono este (des)concierto[ii] tan a destiempo no es únicamente porque sea sensato volver a considerar cada suceso importante (y este lo es, y mucho, aunque no lo parezca a primera vista) tras una larga pausa reflexiva. Confieso que lo dejé pasar sin reparar mucho en las canciones como tales, que es lo que siempre dicta mi instinto y pasión de melómano. Al final esto poco o nada tiene que ver con la música.

Sin embargo, como se verá, fue la música la que me trajo de vuelta, y me permitió comprobar, con otro ejemplo paradigmático entre muchos que ya conocemos, la intrincada manera en que se solapa y contrapuntea constantemente la política con la creación y difusión musical en Cuba. El catalizador que me hizo evocar el pugilato político-musical de marras me sorprendió mientras abría al azar los archivos de mi fonoteca digital, cuando buscaba con qué rellenar la atmósfera de unos muy necesarios minutos de relajación y concentración. Entonces me topé con algo que hacía mucho tiempo no escuchaba, y que en vez de ayudarme a relajar, me trajo de vuelta a este asunto y me puso a reflexionar.

Primero caí en la cuenta de las muchas y muy interesantes maneras en las que ha ido metamorfoseando, cambiando de portavoces, motivos y estilos la canción política o la “canción protesta”, como solemos llamarle. También noté como, al menos en el contexto cubano actual, algunos aspectos de esta han degenerado en ese flamante subgénero, surgido al calor de la actual “batalla de ideas”, que llamo el de la “canción respuesta”. Y por ese camino me perdí unos instantes intentando comprender lo sucedido más allá de la anécdota del diferendo entre “Patria y Vida” y “Patria o Muerte (Por la vida)” y los argumentos de sus respectivos defensores y detractores.

La “canción respuesta”, por no tener ahora una mejor definición, viene a ser algo así como el reverso de aquella “canción urgente” de reivindicación de los descastados, los oprimidos y los silenciados de cualquier parte. Aquel llamado de conciencia y aquella convocatoria a la denuncia de la injusticia y a la lucha por “los pobres de la tierra” fueron, y siguen siendo, el signo distintivo de la auténtica “canción protesta”, no importa si esta vibra con los acordes de la “nueva trova”, la “salsa intelectual”, la conga, el rock, el rap, el hip-hop o el reggaetón, si nos habla con la poesía que suma versos a una centenaria tradición lírica o con la poesía “urbana”, trenzada en el contrapunto sonoro y lingüístico del barrio, y ya sea que oficie su misa con el puño alzado, la vela encendida, el graffitti, el icono y la bandera, o con la dura y pura “fuelza e’ cara” y el “berro”. Es así que entre nosotros, los cubanos, “canción protesta” son por igual, y a su modo, muchas de las que compusieron y cantaron Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Frank Delgado o Pedro Luis Ferrer, entre otros tantos, como también lo es hoy “Patria y Vida”, se esté o no a favor de los que protestan y de lo que se protesta.

Ahora bien, la escala y la intensidad de la reacción hacia «Patria y Vida» no se justifica por el menoscabo que muchos hacen de su calidad en el apartado musical (aunque también se haya atacado insistentemente ese ángulo), ni siquiera por el cuestionamiento que hacen otros de la autenticidad de su causa declarada y del mensaje político que porta, por incómodo que este sea. Al final no se distancia en lo esencial de otras canciones igualmente “subidas de tono” que le antecedieron, con mensajes similares, incluso aún más ásperos y penetrantes, y que también hacían un llamado más o menos explícito a la rebeldía, incluso a la manifestación pública o la desobediencia civil, pero que sin embargo no llegaron a movilizar de manera directa, y específicamente en su contra, a todo el potencial propagandístico del aparatchik cubano. En realidad, la repercusión que trajo consigo “Patria y vida” tiene más que ver con la especial fragilidad de la circunstancia en que vivimos actualmente, en medio de una crisis económica agravada y la pérdida progresiva de capital político por parte del gobierno a causa de leyes y medidas de choque profundamente impopulares, y del consiguiente desgaste psicológico y moral acumulado tras décadas de muchas otras políticas fallidas que han ido erosionado las bases de su poder. También tiene que ver con el volumen de atención que gravita hacia figuras públicas o “celebrities”, en este caso cantantes, que ya cuentan con cierto reconocimiento en Cuba y a nivel internacional, sobre todo entre los más jóvenes. Del otro lado está la cámara de eco que proveen las redes sociales, que permite amplificar el mensaje mucho más allá de la zona de control de daños a la que está acostumbrada el sistema político de la isla, a lo que se suma la exposición que ofrecen a un movimiento cívico y algunos de sus protagonistas, entre ellos también varios artistas, a los que el gobierno cubano niega toda legitimidad.

Sería difícil conjeturar si bajo otras condiciones “Patria y vida” hubiera llegado a convertirse en motivo de tantas “canciones respuesta”, y en una especie de credo, para unos, y canto de guerra, para otros, y es que en cada contexto va cambiando el público, y con él se van modificando también sus respuestas. No obstante, sí podría especular, incluso en algunos casos me atrevería a afirmar categóricamente, que hay otras canciones, las cuales en su momento pasaron desapercibidas para la mayoría de los cubanos, que bajo estas mismas circunstancias de hoy hubieran merecido entre nosotros poco menos que el estatus de himnos. Lo merecerían por razones no solo estéticas, sino sobre todo por la profundidad, lucidez, valentía y pasión de sus mensajes, y pienso en algunas canciones de Carlos Varela, Los Aldeanos o Porno para Ricardo, por apenas citar tres ejemplos muy distintos entre sí. Canciones poderosas llegadas en momentos en que no éramos conscientes de que las necesitábamos, y que de alguna manera también nos expresaban e interpelaban. Puede que en muchos casos no conociéramos de su existencia entonces, como aún no las conocen las generaciones que vinieron después; o bien que no tuviéramos los medios para escucharlas, y hasta a los que sí las escuchábamos nos paralizaba el temor de que alguien más estuviera prestando oído, y nos viera darles el “like” cómplice reflejado en el rostro, o peor aún, nos viera compartirlas con otros en un parque, una tertulia, una reunión de amigos, en esos años cuando era más difícil protegerse desde el anonimato y la osadía de buscar lo prohibido tenía consecuencias tangibles. Fue así que poco a poco estas canciones se fueron disolviendo en el tiempo y el silencio, enmudecidas por la desidia de un día a día acaso menos insufrible, la banda sonora de moda y la censura de turno, que a veces ponía a sus autores en la radio…, a veces nada más. A algunos de ellos, nunca más.

En su momento estos creadores no hubieran podido soñar siquiera que, sin la ayuda de la radio y la televisión pública cubanas y siendo prácticamente desconocidos en el resto del mundo, de la noche a la mañana cientos de miles de personas pudieran escuchar sus canciones y ver sus videos, que pudieran compartirlos con otros tantos en cualquier lugar del mundo de forma directa e inmediata, que además tendrían una retroalimentación también inmediata y directa de parte de los propios oyentes y espectadores, y que gracias a todo ello hasta se les llegaría a mencionar en algunos de los periódicos más respetados del mundo. Entonces éramos –y aún somos en gran medida- un pueblo de corta memoria, que por demás solía llegar tarde adonde se le esperaba, y que luego llamaba a esa impuntualidad histórica “vivir el momento” –incluso llegó a considerarla como una especie de superior “sentido del momento histórico”-, de modo que a menudo ha tratado a las ideas como si fueran canciones, un nuevo ritmo al que hay que bailar pero que acaso pasará de moda en la próxima temporada, y por eso hasta hoy rara vez ha podido juzgar a las canciones por la vigencia de sus ideas. ¿Será ahora distinto?.

Me pregunto, intentando abstraerme, si existen viejas canciones que, de ser escuchadas por primera vez en las condiciones actuales, podrían crear un eco y suscitar emociones tan contagiosas como las que ha despertado “Patria y Vida», que es un tema de estos tiempos en todos los sentidos, o bien como las que hace décadas inspiraron en mi generación obras maestras como “Cuba Va”, “La era está pariendo un corazón”, “Te convido a creerme cuando digo futuro”, “Pequeña serenata diurna”, “Amo esta isla”, “No ha sido fácil” o “Cuando te encontré”, temas reproducidos una y otra vez, y por todo lo alto, en todas partes. Y esto, además, teniendo en cuenta que los gustos musicales y hasta los códigos del lenguaje han cambiado sustancialmente, y que todos aquellos autores distarían mucho de interesarse en abordar los “trending topics” y de parecerse a los “influencers” que hoy movilizan a los millennials. Si la tarea parece difícil será entonces porque lo es. Sin embargo, sí existen.

Hablo, entiéndase, de un hit parade de aquellas canciones heréticas, excomulgadas, que surgieron cuando aún no existían Facebook, Youtube, Spotify, Twitter, Instagram, los blogs personales, la prensa digital independiente, el “paquete semanal” y los bancos digitales de pelis y música, las aplicaciones de chat encriptado, los perfiles anónimos y los VPN para burlar los bloqueos de la censura. Letras y melodías que acaso solo se podían escuchar “a cuatro ojos”, en los audífonos, pegando las orejas a la “radio pirata” que se sintonizaba con dedos temblorosos y volumen susurrante en medio de la noche, o en la pequeña reproductora de cassette en un cuarto cerrado. Luego se comentaban, lo más rápido posible, que a lo sumo sería al día siguiente, acaso con la familia y los amigos más leales, pero siempre a sotto voce. Aquellas canciones, aunque quizás lo merecían tanto o más que las de ahora, no podrían haber repercutido en un sector más amplio, ir mucho más de prisa, sonar más alto, ni mucho más allá de ese círculo atómico de la amistad en una sociedad atomizada, mucho más impedida que hoy de reunirse y debatir públicamente sin el imperativo del “momento y el lugar indicados”; no provocaban fisión, no había estallido, era como ver a los electrones cargándose unos a otros de energía en cámara lenta al interior de una molécula de agua,  para después diluirse y dejarse llevar por la corriente, sin poder salirse de su cauce. Esas canciones eran, literalmente, “la voz del que clama en el desierto”.

Bastaría con que los jóvenes de hoy escucharan atentamente y sin filtros ni introducciones didascálicas aquellas canciones, y seguro estoy de que se verían de inmediato reflejados en ellas como en su momento nos vimos nosotros. Pudiera pensar, por ejemplo, en “Guillermo Tell”, “Jalisco Park”, “El leñador sin bosque”, “Foto de familia” o “Como los peces”, por solo mencionar las primeras que me vienen a la mente, y apenas unas pocas entre las tantas maravillas compuestas por ese grande que es Carlos Varela. El “gnomo” nos mostró lo que bullía en el fondo de nuestros corazones y pugnaba por salir, sobre todo a finales de los años ’80 y en la década de los años ‘90, cuando todo parecía perdido y, sin embargo, al mismo tiempo aún parecía posible comenzar de nuevo y retomar el camino donde nos habíamos desviado, y buscábamos en las canciones una vía de contrición y salvación, una reconciliación con nosotros mismos, y una liberación por la poesía.

Después llegaría la acrimonia y la violenta, incontenible energía del rap de guerra callejero de Los Aldeanos, un rap revolucionario -sí, así mismo- que canalizaba el dolor, la frustración, la decepción y la impotencia por demasiado tiempo acumuladas en la espera y la esperanza, dando paso a la ira ya incontenible de toda una generación de jóvenes que se sentían suspendidos al margen de la historia. Este otro cancionero no iba de intentar señalar contradicciones, no abogaba por una reconstrucción espiritual y una reforma política, como las letras de Varela y Pedro Luis Ferrer, no había en él espacio para la sátira crítica, para el sentido del humor a la vez mordaz y refinado de Frank Delgado. Por el contrario, dándolo todo por perdido o corrupto, parecía querer destruirlo todo hasta los cimientos, para comenzar a levantar algo diferente, algo nuevo desde las cenizas. No parecía haber sublimación posible con la que amortiguar el golpe de una realidad dura y lacerante, ni eufonía que pudiera atenuar su grito ensordecedor Esta actitud ya se expresaba de forma patente en las letras feroces, la música áspera y los gestos desaforados presentes tanto en la “poesía esposada” de Los Aldeanos como en el punk-rock de Porno para Ricardo, con las que ambos se constituían en punta de lanza de una contracultura. A través de raptos de rap, hip-hop y beatbox, y de exhalaciones guturales y guitarras chillonas, estos jóvenes cantantes, sus seguidores y émulos, exponían, sin remilgos ni sutilezas, toda la hipocresía y la abyección política y moral que creían ver en una sociedad cuya dignidad habría sido castrada por la falta de libertades, la corrupción, la simulación, la represión, el adoctrinamiento y la miseria, y que veían a través del lente y expresaban a través de las palabras sencillas del barrio, en un momento en que la sinceridad y el llamar a las cosas por su nombre aún no estaban de moda.

Merecerían entre nosotros también el estatus hímnico otras composiciones que desde las antípodas políticas de la Revolución todavía logran inflamar los corazones de no pocos cubanos de allá, y también de aquí, como esa punzada que es “Por si acaso no regreso”, de Celia Cruz, donde el “exilio histórico”, suspendido en esta larga historia de exilios que no parece tener fin, exhalaba el último suspiro de esperanza en el retorno y dejaba el testamento de su lealtad espiritual a la patria que recordaba, tan distinta. Y ahora pienso especialmente en una hermosa elegía que, como ninguna otra antes o después, traduce el relato de la partida, la tragedia de la pérdida personal, la agonía de la espera y la fuerza de la fe en el regreso, una y otra vez renovadas, que acompañan a todo aquel que quedó atrapado allende el mar. “Nuestro día ya viene llegando”, el son que Willy Chirino hizo, según sus propias palabras, porque “mi pueblo vive ilusionado [y] yo me siento inspirado”[iii], no solo hablaba de una Cuba que se dejaba atrás, hablaba también de una Cuba que aún se nos va. En su momento fue considerada apenas como una profecía fallida, acaso porque no comprendimos cuál es el verdadero rol de una gran canción, ni en qué radica su verdadero alcance. No conozco otra compuesta fuera de la isla que aún logre, treinta años después, hacer vibrar de emoción a tantos, y tan diferentes. Las canciones afincadas en un sentimiento de esperanza no envejecerán si la esperanza no envejece, y la posposición de ese momento de felicidad que anuncian, más desde el deseo que desde la certidumbre, no hará más que reeditar, una y otra vez, generación tras generación, la misma profecía a prueba de desilusiones. Porque los cambios no los hacen las canciones, sino aquellos que las escuchan y las graban en su interior. Las canciones solo mantienen vivo el sentimiento hasta que el momento ideal del cambio llega, y hasta ese momento seguirán siendo consideradas una esperanza, y una amenaza. La imaginación tiene un extraño poder que provoca la suspicacia de los censores, y con toda razón. Será por eso que en Cuba “Nuestro día ya viene llegando”, contrario a lo que cabría esperar, no ha sido usada una y otra vez en los medios oficiales cubanos, en paneles y mesas redondas de ingeniosos analistas políticos dotados con el don de la ironía para poder criticarla y burlarse de ella, para desmentir sus premisas y propósitos. Al igual que tantas otras canciones, esta sigue estrictamente prohibida en la radio, la televisión y los espacios públicos de Cuba. Y es que basta con que se escuche ese primer verso, “Apenas siendo un niño allá en la Antilla, mi padre me vistió de marinero…”, y la mente y el corazón se tensan como un resorte, y el que escucha se pone a imaginar, y quizás recuerda, con nostalgia y quizás con dolor, a ese amiguito que todos tenemos, a quien, como en la también inolvidable “Jalisco Park” de Varela, su padre llevó un día “a montar en barquito, y nunca regresó”. No son las canciones, entonces, las que nos fallan.

Del otro lado de la controversia con la que inicié esta descarga, está la némesis, la sombra débil que va tras la “canción protesta”, y que aquí llamo la “canción respuesta”, que es harina de otro costal. Por muy rápida que dicha respuesta nos pueda parecer, en realidad va siempre a la zaga; su acción no es sino reacción, y su blanco está puesto precisamente en los que protestan, un panfleto que quiere presentarse como denuncia de otro panfleto; no viene de los márgenes de lo establecido sino de la proximidad al centro; más que un clamor espontáneo que se eleva, por lo general parece descender como reprimenda, y bien podría contarse como una pleca más en la lista de contramedidas de cualquier manual de contrainsurgencia, de estrategias de relaciones públicas corporativas, o de las herramientas de control de daños y de agit-prop de algún think-tank ideológico. No es extraño que hoy resulte difícil diferenciar entre la canción política y de protesta típica de la “Nueva Trova”, la “canción respuesta” actual y las tradicionales melodías de zafarrancho de combate que suelen inundar las calles a través de los altavoces durante las efemérides patrias, o en marchas militares y “demostraciones” multitudinarias convocadas por el gobierno por cualquier motivo de celebración o repudiación. La confusión se agrava por el abuso de las canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en la banda sonora de cualquier acto de reafirmación revolucionaria, abanderamiento o auto congratulación de alguna clase, por rutinario e intrascendente que sea.

Si bien son de indudable belleza, y acaso pueden intentar la difícil tarea de hacer un poco más soportables lo que de otro modo serían espectáculos absolutamente vacuos e insípidos, no creo que las canciones de los ídolos de la nueva trova hayan sido originalmente concebidas para suplantar a las fanfarrias y cantos de la liturgia política -mucho menos para responder a otras canciones. El mismo año en que Willy Chirino publicaba “Nuestro día ya viene llegando” Silvio Rodríguez escribía otro himno, “El Necio” -que salió al año siguiente en un álbum titulado “Silvio”, lo cual, sumado a su letra, le otorgaba a la canción la doble gravedad de una nota autobiográfica y de una declaración de principios. Sin embargo resulta muy difícil imaginar, por decir lo menos, al trovador desvelado en la madrugada habanera, buscando los versos exactos con los que contrarrestar la osadía del salsero, del otro lado del estrecho de la Florida. Sírvase pues usted el considerar en esta era de la decadencia de los “actos político-culturales” -que es la de la decadencia de la política y la cultura-, hasta qué punto esta o aquella canción se aviene mejor a la idea del himno o la fanfarria, la “protesta” o la “respuesta”.

Regreso ahora al resorte que provocó instantáneamente las reflexiones de arriba, y del que aún no he hablado: los hallazgos del día en mi fonoteca. Ante mí apareció la vasta discografía de quien no solo es, a mi juicio, uno de los cantautores más trascendentales de la música popular latinoamericana y una de sus voces más reconocibles, sino también un artista coherente y lúcido, que se ha comprometido, a lo largo de toda su carrera, con la causa de conquistar más justicia y libertad para todo el que las necesita, entendiendo como pocos el papel que puede jugar el arte en el despertar de la conciencia de la gente. Desempolvé, vi bajo una luz distinta y escuché sobre el fondo sonoro de los nuevos tiempos en mi isla, el cancionero monumental de Rubén Blades.  

Allí redescubrí canciones que han sobrevivido el paso del tiempo sin envejecer, que parecen siempre nuevas, y siempre distintas, por la maravillosa simbiosis de melodías, orquestaciones y letras donde el cantautor panameño (muchas veces con la complicidad del también inmenso Willy Colón) funde ritmos y géneros, pasando por el guaguancó, la rumba, el son, la guaracha, el bolero, el reggae, la cumbia, el merengue, la samba y el latin jazz, hasta llegar a incluir -oh bendita promiscuidad- el rock o la música irlandesa. Noté que la mayoría de las canciones que más recordaba, aunque se inspiraron originalmente en la realidad que se vivía en varias naciones centroamericanas, caribeñas o sudamericanas, sobre todo en la década de los años ´80 del pasado siglo, bien podrían haber sido escritas esta misma semana, en cualquier lugar del mundo, quizás, incluso, en algún barrio de la Cuba de hoy. Con ellas reviví emociones y reflexiones que estas habían suscitado en mi juventud, cuando las escuché por primera vez, pero que acaso ahora se me hacían mucho más evidentes, y, sobre todo, más próximas.

Me conmovió de nuevo “Pablo Pueblo”, la imagen paradigmática del pobre latinoamericano, ese que veíamos en la televisión y aparecía insistentemente en los discursos de los líderes, el mismo del que tanto nos conmiserábamos, y de quien recordé sus “sueños raídos” que “parcha con esperanzas”, toda la vida arrastrado a “lides politiqueras” “que prometían futuros”, “votando en las elecciones pa’ después comerse un clavo”; también recordé que “trabajó hasta jubilarse y nunca sobraron chavos”, y que de vuelta a su barrio desde el trabajo o la cantina, deambulaba “pensativo y cabizbajo” rumiando su frustración, todos los días “a un crucifijo rezando y el cambio esperando”, y ahogando su impotencia “con los gritos por abajo”, que son “el silencio del pobre”. Y que cada noche, en la penumbra del cuarto donde siente dormir a su mujer y sus hijos, se pregunta: “¿hasta cuándo?”. Tal y como siempre me sucede con “Pueblo Blanco”, de Joan Manuel Serrat, me parecía escuchar, narrada verso a verso y desde las vísceras, una crónica de la vida de tantos de mis compatriotas mayores, que es la de mi propio abuelo, y quizás un día también la mía. Después me emocioné con “Patria”, imaginándome en la piel de aquel chiquillo que pregunta por el significado de esa extraña palabra, a quien quizás Martí, Heredia, Mañach y Fernando Ortiz podrían responderle a coro que “patria son tantas cosas bellas”, “son las paredes de un barrio, y en su esperanza morena es lo que lleva en el alma todo aquel cuando se aleja”, y después, con voz recia: “no memorices lecciones de dictaduras o encierros; la patria no la define los que suprimen a un pueblo”.

Más adelante, ya enganchado por un no sé qué de nueva revelación que tenían estas canciones, continué repasando un repertorio de cuatro décadas. Y aunque me resultaba conocido, parecía que lo escuchaba, y comprendía, por primera vez. En tonos que van del humor a la elegía, de la denuncia social a la estampa popular, Blades cantaba, con palabras sencillas pero cargadas de lirismo, y con genuinas curiosidad, preocupación y respeto, sobre la lógica y el absurdo de nuestras sociedades, sus costumbres, su lenguaje, sus creencias y supersticiones -esotéricas y políticas. Las alegrías, penas y anhelos, la vida y la muerte de los que casi nunca se reconocen a sí mismos en las postales turísticas, las emisoras de radio y las telenovelas, encarnaban en la más variopinta galería de personajes populares que ha creado el cancionero latinoamericano (Juan Pachanga, Madame Kalalú, Paula C, Juana Mayo, Cipriano Armenteros, Adán García, Doña Lelé, el Tartamudo, Pedro Navaja…). Allí encontramos la trompetilla a la corrupción y la demagogia de los politiqueros en “Déjenme reír (para no llorar)”, con aquello de “no se pue’ arregla’ del pobre la situación, si el político ladrón nos entretiene con cuentos y estadísticas, diciendo: – “La culpa es de la inflación”-. O la historia de la rubia “Ligia Elena”, su trompetista y su familia “asfixiá’”, y la del tipo, “dizque rubio”, que se pasea por Nueva York con ínfulas de europeo mientras esconde y se avergüenza de su ascendencia en “¿Y tu abuela?”[iv], o la de esas personas, familias y ciudades convertidas en figurines para teatros de oropel en “Plástico”, canciones todas que satirizan el racismo, las vanas aspiraciones y los prejuicios de clase subyacentes en la superficial “alta sociedad” de bolsillo abultado en las naciones subdesarrolladas, y la farsa de negarse a sí mismos al mimetizar la apariencia y los gustos -que no los valores- del “extranjero civilizado”, en su afán por emularlo. También encontramos la soledad y la tristeza, la violencia, la prostitución, las drogas, el juego, el alcoholismo y cuanto flagelo surge de la pobreza y de la indiferencia ante ella, en canciones inmortales como “Pedro Navaja” o “Te están buscando”.

Estas canciones y personajes forman parte de lo que en su conjunto Blades denominaba como Focila, el “folclor de la ciudad latinoamericana”, un proyecto que comenzó con una descomunal obra maestra: “Maestra Vida”. Qué sorpresa la mía al caer en la cuenta de que la primera ópera salsa original de la historia, sin parangón antes o después, salía a las ondas de radio en 1980, tras haber sido creada por Rubén Blades y producida por Willy Colón, justamente al año siguiente de que se publicara la gran ópera rock de Pink Floyd, “The Wall”. No me habría detenido en el dato de no ser porque descubrí, a pesar de las muchas diferencias de todo tipo, un puñado de semejanzas esenciales entre ambas obras que las hermanan, salvando la distancia de géneros musicales, tópicos, culturas, idiomas y todo un océano por medio. Algún día he de proponerme abordar esas concomitancias, tan reveladoras como sus disonancias. Por ahora me limitaré a decir que “Maestra Vida”, la crónica urbana que narra las alegrías y tribulaciones de la familia formada por el sastre Carmelo Da Silva, su gran amor Manuela y sus descendientes a lo largo de dos generaciones, le parecería a más de un cubano la imagen espejo de su propio país, y de su propia familia. A mí me ha hecho reír y llorar, y me ha hecho concluir que este álbum doble, sobre todo su segunda parte, contiene algunas de las canciones más bellamente subversivas que podrían escucharse en las calles y barrios de cualquier ciudad de la isla de Cuba en estos momentos.    

Por supuesto que también reí y gocé escuchando “El telefonito”, “La Fiesta”, “Buscando Guayaba”, “Madame Kalalú”, “El Tartamudo”, «El reto» o «El Apagón«, ese políticamente-y deliciosamente- incorrecto merengue que pone el dedo en la llaga de nuestro complejo de inferioridad. De igual modo me deleité con “Y deja” o “Me recordarás”, entre tantas otras canciones de un Blades que nada cómodamente lo mismo en las aguas del amor que de la comedia vernácula. Y seguiría reseñando mi reencuentro con una discografía que de pronto desborda todos mis recuerdos, con más de treinta discos, entre álbumes de estudio y en vivo, en una carrera de medio siglo. Pero, y estas alturas de mi digresión es lógico preguntarse ¿y cómo es que una cosa llevó a la otra? ¿Qué tiene que ver, a fin de cuentas, la discografía del panameño con el diferendo reflejado en la controversia musical “Patria y Vida” vs. “Patria o Muerte” en Cuba? Pues, la verdad…, nada. Y todo.

En medio de mi regocijo por rescatar de la memoria -y actualizar para la vida- una música que tanto disfrutaba, me asaltó una duda. Esta es la que pregunta el por qué hace años que se dejó de escuchar, precisamente en Cuba, a Rubén Blades, cultor maestro, donde los haya, de la canción política, progresista o de protesta. Lo es, aún cuando él mismo lo desmienta diciendo que lo suyo no tiene que ver con la canción de protesta, a la que llama jocosamente «canción malcriada», y considerando sus composiciones más bien como solidarias, urbanas, antropológicas, o a lo sumo folclóricas, que por las circunstancias que retratan a veces contienen crítica social y denuncia política.

Y es que hablo del mismo compositor de la mítica “Tiburón”, el guaguancó-salsa que denunciaba frontalmente el intervencionismo norteamericano en Centroamérica y el Caribe, audacia que le costó a Blades la censura en la radio en Nueva York durante años, y continuar hasta hoy día en “lista negra” en las emisoras de la Florida; la misma canción que tanto gustaban de poner una y otra vez en la televisión cubana, cantada por Lucecita Benítez o en aquel montaje épico de barcos, aviones, tanques y cohetes de las fuerzas armadas cubanas disparando a un enemigo imaginario, y que perfectamente podría haber sido la presentación del ahora resucitado programa FAR-Visión.

Blades es también el creador de corazón en pecho de muchas letras y melodías que taladran la conciencia de todo un continente, como “Buscando América”, “El Padre Antonio y el monaguillo Andrés”, “Desapariciones”, “Cimarrón”, “Juan González”, o la utópica “Siembra”, canciones que denunciaban las atrocidades cometidas bajo las dictaduras sangrientas impuestas por las juntas militares en América Latina, y hacían un llamado a la resistencia y a la lucha, al despertar de las naciones del continente hermanadas en la búsqueda de un futuro de dignidad, justicia y prosperidad. Si hoy nos parece que estas canciones sintonizaban perfectamente con el discurso y la práctica de la política exterior cubana de la época y sus miras geopolíticas, es porque así era, quizás, incluso, a su pesar. Hablo, en fin, del mismo artista, de madre cubana, que siempre tuvo a Cuba como segunda patria, o por así decirlo, como su patria cultural, pues en más de una ocasión ha reconocido que, a fin de cuentas, eso que él y otros como él hacen y que insisten en llamar “salsa”, no es otra cosa que música cubana, con algún que otro “twist”.

¿Qué fue entonces lo que cambió? Muchos dirán que Rubén Blades. ¿Será porque su postura antiimperialista, en contra de las dictaduras y las demagogias y a favor de la democracia y los derechos humanos, se ha vuelto con el tiempo -y la madurez política- mucho más ecuménica y medular, y por lo tanto no reducible a la clasificación maniquea con la que las izquierdas -no menos que las derechas, justo es decirlo- suelen asignar y supervisar militancias y lealtades? ¿Resulta que ahora su postura choca por ser demasiado “ambivalente”, mucho menos ideológica, en un sentido partidista? ¿O acaso fueron sus muchos reproches a las políticas de Nicolás Maduro y su diferendo con el presidente cubano Miguel Díaz Canel? Quizás fue el amistoso pero firme intercambio de regaños con el cantautor Silvio Rodríguez, surgido inicialmente por un equívoco, pero en el que no obstante ambos aprovecharon para aclarar aún más sus posturas sobre la situación venezolana y con respecto a algo sobre lo cual parecía, también equívocamente, que había consenso: la naturaleza y la identidad del “peje guerrero”, aquel  tiburón del que hablaba la canción de 1981, el imperialismo. Según las propias palabras de Blades, “la figura del tiburón (…) no es solo aplicable a los gringos (en Panamá y otro países), sino también a lo de los rusos (en Ucrania y otros países), a los chinos (en Tíbet y otros países), o a los ingleses (en las Malvinas y otros).  Los tiburones no son de izquierda o de derecha, son tiburones, y eso lo saben las sardinas, de cualquier nacionalidad que sean y en cualquier océano por el que transiten”.  De este modo quedaba manifiesto que el panameño definía al imperialismo “por sus actos, no por su nacionalidad, sede geográfica o ideología”. Quién sabe si también tuvo peso aquello que en el 2017 dijo en entrevista al diario español ABC, en respuesta a la pregunta de qué problemas le había traído su postura política: “Me han prohibido en La Habana y en Miami. Y eso me enorgullece (…)”

Como hacía tiempo que no escuchaba ni leía sobre Rubén Blades desde Cuba, me puse a indagar a ver si encontraba causas adicionales de este silencio -o silenciamiento- en lo que me interesaba mucho más que los dimes y diretes políticos, y sobre lo que además creía tener más conocimiento: su música. Muy pronto pude comprobar que había sobreestimado ese conocimiento por un largo tramo. Y fue precisamente explorando sus últimos discos que encontré “Nación Rica, Nación Pobre”, una canción de 2019 incluida en “Paraíso Road Bang”, y en ella también di con otra de las claves que parecían explicar este distanciamiento del mainstream de izquierdas. Una vez más Blades se refiere aquí al imperialismo yanqui interventor de toda la vida, e incluso critica de manera específica el “anacronismo de bloqueo charlatán” impuesto a Cuba. ¿Por qué entonces –me preguntaba con genuina curiosidad- el departamento ideológico del Partido Comunista de Cuba no se sirvió mejor de esta nueva canción, interpretada nada más y nada menos que por la “conciencia de América Latina”, como no pocos le llaman, y tal como suele hacer, nos derritió el cerebro poniéndola a toda hora y por todos los canales durante semanas? Sucede que allí Blades se refiere al “bloqueo charlatán” a Cuba como una contradicción de “la nación más rica”, que mientras tanto “invierte en China roja e intercambia pagadores con Vietnam”, y añade, imagino que para el pavor de los comisarios culturales de la isla: “aunque sea Marxista el dictador en China y masacre gente en Tiananmen Square y en el Tibet”, en otras palabras, el que “ahora ya no es rojo si tiene verdes con que comprar”. “¿Y quién se hace libre así? ¿El que vive aquí o allá?”, se pregunta Blades, para concluir que, en todo caso, “el tonto es el que pretende desmentir a la verdad”. Quizás desde hacía mucho tiempo ya había ido demasiado lejos, y por sí solo, con sus conclusiones[v].

La imagen de Rubén Blades, quien además de cantautor es actor, abogado, político[vi] y activista, no se puede domesticar reduciéndola en lo musical, como tampoco en lo ideológico. Es por eso que, aunque los temas que aborda y las luchas que defiende desde sus canciones entran no pocas veces en sintonía con las que el establishment político cubano declara como suyas, no es posible ya contarlo en las filas de los intelectuales orgánicos, los compañeros de viaje, que deben ser mucho más fácilmente definibles y predecibles. Puede que Rubén Blades siempre esté del lado de las sardinas, pero las “de cualquier nacionalidad que sean y en cualquier océano por el que transiten”, e independientemente de cuál sea el tiburón que se las quiera engullir. Parece que no le pega eso de hacer la vista gorda con algunos males en nombre de un “bien mayor”.

Ese compromiso con la verdad que evita las disonancias cognitivas y se desmarca de silencios convenientes o lealtades de partido, le niega a Blades la militancia del intelectual orgánico -en este caso de izquierdas-, dejándole apenas la libertad, costosa y solitaria, del intelectual a secas, del intelectual sin apellidos. Es quizás lo que hace que canciones como “No te calles” (también incluida en “Paraíso Road Bang”) sean potencialmente tan peligrosas para cualquier status quo, incluyendo el de la isla. En la era del fin de los grandes relatos utópicos, estas canciones nos activan el pensar con aquello de “Pregúntate por qué perdiste toda la fe”, y de que ya “no hay héroes que aplaudir, ni huellas que seguir”, pero sobre todo cuando, a pesar de los pesares, insiste: “llena tus pulmones, respira, y no te calles”. Sin rumbo claro puede ser, ya se encontrará, pero callado nunca. Ni hablar de “Cantares del Subdesarrollo”, álbum de 2009, también poco conocido entre los cubanos, con números como “País Portátil”, “Símbolo”, “Las Calles”, “Segunda mitad del noveno” o “Himno de los Olvidados”, canciones diáfanas, que sacuden la conciencia, le hablan al corazón sencillo y convocan el espíritu de rebeldía del barrio. Aunque en principio no mencionan a Cuba, de algún modo la contienen, como contiene una causa a todos los residentes de la tierra que luchan por ella, donde sea que se le cante. No imagino el impacto que tendrían estas y muchas otras canciones del cantautor panameño en las calles de La Habana mientras escribo esto. Y es que Rubén Blades no cambió. Cambió Cuba.

Fue pensando en todo esto que recordé y pude entender mejor la reacción entre nosotros ante una canción como “Patria y vida”, y ante las que después se hicieron, reconózcase o no, como respuesta a aquella, entre las cuales destaca “Patria o Muerte (Por la vida)”. En un libro titulado “El estante vacío”, Rafael Rojas sugiere que la percepción del mundo de cada generación, y por consiguiente la profundidad, madurez y fecundidad intelectual y espiritual de esa cosmovisión, no es solo el resultado de los libros que se leyó durante su tiempo, sino, y sobre todo, de los que por una u otra razón nunca se pudo leer. Nuestra verdad no está a veces en lo que sabemos, sino también en lo que ignoramos o lo que hemos decidido ignorar; la verdad se completa en la parte del estante que dejamos deliberadamente vacía. Me pregunto si acaso lo mismo nos sucede con los compositores y canciones que hemos escuchado e ignorado, o que se nos ha impedido escuchar, a lo largo de los años.

Para los que recurren a la “canción respuesta” a modo de estrategia para contrarrestar el impacto de canciones protesta como “Patria y vida”, las alternativas son sin embargo muy claras. No se trata de pedir cambios políticos, justicia, transparencia, emancipación del yugo de las dictaduras y la pobreza; la verdad de estas nociones o la nobleza de estos reclamos no pesan por sí mismos en la bienvenida o el rechazo que provocan. Es importante definir de qué lado de la controversia se ubica el que ahora canta y en qué facción milita el interlocutor en cada momento, o sea, saber a quién se exigen los cambios y se señalan las injusticias, las verdades de qué lado se pide poner bajo escrutinio, quién pone el yugo que hay que romper, y quién aplaude la iniciativa. Es esta desigual y contradictoria repartición de protestas y respuestas, de pasión y corrección política, de gritos y silencios cuidadosamente dosificados, lo que ha ido transformando a la canción protesta, y nuestra percepción de ella, en los últimos años. “¿Y quién se hace libre así? ¿El que vive aquí o allá?”

Ahora que no se distinguen claramente los “héroes que aplaudir”, y que se van borrando las huellas que una vez seguimos, ¿dónde depositaremos la fe? ¿cómo navegar entre tiburones? ¿Qué viejas y nuevas canciones nos inflamarán de nuevo el corazón? No sé si ya viene llegando o si habrá de demorar aún, pero no me cabe duda de que un día Pablo Pueblo va a apagar el televisor y cerrar el diario, va a salir a la calle, y apurando el paso, se va a parar en el punto exacto del mediodía, uno con su sombra, cansado de esperar el cambio. Respirará profundo, pondrá a un lado el crucifijo, y “los gritos por abajo, que son el silencio del pobre”, y con ellos todas las canciones tristes y rabiosas que guardaba en su corazón, nos ensordecerán.


[i] No abordo aquí en detalle las letras de ambas canciones, que la mayoría de los cubanos conocen de manera más o menos directa, y que pueden encontrarse publicadas online: “Patria y Vida”

[ii] Al que se han sumado otras canciones y cantantes.

[iii] Se refería Willy Chirino a las expectativas que surgieron en la comunidad cubana en el exterior y entre no pocos cubanos en la isla, de que tras la caída del socialismo en el bloque soviético, apenas dos años antes de compuesta la canción, sobrevendrían al poco tiempo cambios políticos también para Cuba. La canción no se equivocó a la hora de recoger el estado de ánimo del momento, o de expresar una ilusión real; si acaso su predicción de cuando llegarían esos cambios fue asaz prematura.

[iv] Probablemente inspirada en “¿Y tu abuela, donde está?”, el célebre poema de Fortunato Vizcarrondo (Puerto Rico, 1899-1977), que tan magistralmente declamara Luis Carbonell.

[v] https://www.abc.es/cultura/musica/abci-ruben-blades-prohibido-habana-y-miami-y-enorgullece-201707140048_noticia.html

[vi] Ocupó un puesto de ministro durante el gobierno de Martín Torrijos de 2004 a 2009.

[vii]

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